HACE 152 AÑOS…
Tres décadas antes, su padre, un bardo itinerante, le había robado la virginidad a su bondadosa y estúpida madre, condenándola a sufrir el desprecio eterno de su familia, deshacerse del hijo indeseado y casarse con un viejo asqueroso y sin orejas.
Pero su abuela, una mujer decente y bondadosa, había tenido la delicadeza de no matar al bebé, y Aisa había partido hacia el este en brazos del guardia preferido de Lady Wilfryn, que se convirtió a todos los efectos en su padre adoptivo, su instructor de esgrima y, al final, su amante.
Pero Cedrik llevaba muerto tres años, y aun en vida Aisa no había sido nunca una pareja demasiado fiel.
Se asomó a la ventana y entró a la habitación del hijo del duque. La esperaba con una botella de vino tinto, de un color similar al de los iris de Aisa, y su cuerpo delgado y musculoso resplandecía a la luz de las velas aromáticas que había encendido. Era el hombre más hermoso que Aisa había visto jamás, un elfo gris de pura sangre, de voz profunda y dedos suaves.
Por un instante, Aisa pensó en dejarlo vivir. Sería una lástima perder para siempre aquel rostro, aquellos ojos de humo, aquellos labios tan dulces… Pero Aisa tenía una reputación que mantener. Le habían pagado bien por matar al heredero del duque Eléderan… Pasar la noche con él era sólo una parte del plan. Una parte deliciosamente placentera.
Fue entonces que Aisa decidió no masticar la hierbasangre. Rodeó el amplio pecho del joven con sus brazos finos y lo amó a la luz de las velas, dejándole derramar su semilla múltiples veces dentro de ella. Luego, antes del amanecer, lo besó en la boca y le clavó un puñal de plata entre las costillas.
Se descolgó por el balcón y se perdió entre las sombras de la ciudad. Al pasar junto a un canal de desagüe, lanzó algo a la corriente. Era la bolsa donde guardaba las hojas de hierbasangre, las raíces de vientreliso, las tripas anudadas y todas aquellas otras cosas que evitaban los embarazos.
Esa noche soñó con el hermoso hijo que tendría.
Tres décadas antes, su padre, un bardo itinerante, le había robado la virginidad a su bondadosa y estúpida madre, condenándola a sufrir el desprecio eterno de su familia, deshacerse del hijo indeseado y casarse con un viejo asqueroso y sin orejas.
Pero su abuela, una mujer decente y bondadosa, había tenido la delicadeza de no matar al bebé, y Aisa había partido hacia el este en brazos del guardia preferido de Lady Wilfryn, que se convirtió a todos los efectos en su padre adoptivo, su instructor de esgrima y, al final, su amante.
Pero Cedrik llevaba muerto tres años, y aun en vida Aisa no había sido nunca una pareja demasiado fiel.
Se asomó a la ventana y entró a la habitación del hijo del duque. La esperaba con una botella de vino tinto, de un color similar al de los iris de Aisa, y su cuerpo delgado y musculoso resplandecía a la luz de las velas aromáticas que había encendido. Era el hombre más hermoso que Aisa había visto jamás, un elfo gris de pura sangre, de voz profunda y dedos suaves.
Por un instante, Aisa pensó en dejarlo vivir. Sería una lástima perder para siempre aquel rostro, aquellos ojos de humo, aquellos labios tan dulces… Pero Aisa tenía una reputación que mantener. Le habían pagado bien por matar al heredero del duque Eléderan… Pasar la noche con él era sólo una parte del plan. Una parte deliciosamente placentera.
Fue entonces que Aisa decidió no masticar la hierbasangre. Rodeó el amplio pecho del joven con sus brazos finos y lo amó a la luz de las velas, dejándole derramar su semilla múltiples veces dentro de ella. Luego, antes del amanecer, lo besó en la boca y le clavó un puñal de plata entre las costillas.
Se descolgó por el balcón y se perdió entre las sombras de la ciudad. Al pasar junto a un canal de desagüe, lanzó algo a la corriente. Era la bolsa donde guardaba las hojas de hierbasangre, las raíces de vientreliso, las tripas anudadas y todas aquellas otras cosas que evitaban los embarazos.
Esa noche soñó con el hermoso hijo que tendría.
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