sábado, octubre 13, 2007

H.ONOR: La Historia del Bardo (VII)

HACE 47 AÑOS…

La Pinza del Cangrejo era su caleta favorita. Una playa blanca y curva como el borde de una uña, bañada por aguas verdes y profundas y protegida por dos salientes rocosos escarpados y cubiertos de árboles. Sólo unos pocos de sus hombres de confianza conocían el lugar, y ahora descargaban el último botín y lo trasladaban a tierra sobre carretillas rebosantes, ayudados por los nativos de piel negra y ojos claros que siempre habían vivido allí.

El resto de las naves de su temida flota pirata recalaban en otras bahías, conocidas sólo por cada uno de sus capitanes separadamente, y por el mismo Barbarroja. En ocho días, todos se reunirían en el atolón Sharkeye, y habría un motín. Cedrik lo sabía: su cocinero le había avisado. El motín sería liderado por su segundo al mando, Unojo Claymore, y secundado por todos los capitanes excepto, tal vez, Rhajid Capadeseda, el único entre todos de pura raza morisca, y que respetaba a Barbarroja de una manera casi religiosa debido a su origen (el líder corsario provenía de una rica familia muy bien posicionada en el califato).

Cedrik miraba hacia el mar con los pies hundidos en la arena húmeda de la orilla, cuando oyó acercarse a la mujer. Era una joven morena, de dientes blancos como gaviotas y ojos color cerveza, alta y de curvas suaves y de sonrisa fácil y risa agradable. Pero esta vez no se acercó a él riendo. Sus ojos estaban hinchados y tristes, y sus labios apretados, desafiantes. El niño que traía en brazos dormía plácidamente envuelto en frescos pañales de lino.

No hubo palabras. Todo lo que tenía que decirse ya había sido dicho semanas antes. Barbarroja tomó a su hijo y besó la mejilla de su mujer por última vez; luego ella se fue y lo dejó en la orilla, inmerso en la brisa oceánica y sumido en sus pensamientos, arrullando al bebé que su madre nunca volvería a ver.

Al atardecer, cuando el vientre de su velero estuvo vacío de nuevo, zarparon en dirección occidental. Les tomaría media semana llegar al puerto más cercano, donde Cedrik entregaría a su hijo a otra mujer, una que también amaba pero que había dejado atrás sus años de juventud, una que no odiaría al niño por cuestión de celos y lo cuidaría bien incluso si Barbarroja no le entregaba el cofrecillo lleno de oro que había preparado.

Entonces Cedrik regresaría al este y enfrentaría el motín. Podía vencer, y en tal caso volvería a por el pequeño fruto de sus entrañas, pero la derrota era más probable, la muerte en batalla o el abandono en el mar. De cualquier modo, sería un final apropiado para una vida como la suya.

Una vida magnífica y llena de gloria.

viernes, octubre 12, 2007

H.ONOR: La Historia del Bardo (VI)

HACE 76 AÑOS…

Su hermano mayor, Alan, era hijo de la primera esposa de su padre. Ya desde el principio había sido un niño mimado, pero la cosa empeoró con la muerte de la madre, hasta el punto de convertir a Alan en un verdadero torbellino de insolencia y desfachatez. Por supuesto, nunca prestó atención a los deseos de su padre de hacer de él su aprendiz de mago, y por llevarle la contraria se alistó en el Ejército Libre del califato. Con los años y tras varias campañas en el desierto profundo, terminó siendo uno de los mejores gladiadores del Coliseo Cráter, en Ciudarena. Nada avergüenza más a un hechicero que tener un hijo luchador, y su padre raras veces hablaba de él.

Luego había nacido Kyara, su hermana mayor, hija de la segunda esposa de su padre. Con Kyara todo había sido distinto. Era la preferida de Térestar, y ella lo adoraba a él, no sólo como padre sino como maestro arcano. Kyara era una buena hermana, pero a veces resultaba demasiado engreída, y su expresión pagada de sí afeaba un rostro por lo demás hermoso.

Rasamin era el menor de los hijos de Teréstar, El Adivino Blanco. Su madre era una de las cortesanas más bellas del califato, y en su juventud había sido visitada por muchos hombres ricos y poderosos, que pagaban sus exquisitos servicios con joyas y frutos exóticos. Pero Sherezade había abandonado su profesión para convertirse en la amante oficial de Térestar, y después de unos años había engendrado a Rasamin.

Con un hermano guerrero y una hermana hechicera, las únicas opciones de Rasamin eran el arte o el sacerdocio. Para la primera no tenía talento, y para lo segundo le faltaban ganas, así que terminó siendo comerciante.

Ahora, mientras su primogénito nacía sobre sábanas de seda y era lavado con agua de rosas, Rasamin pensaba en su pasado y se alegraba de haber tomado aquella decisión.

Las cicatrices y el conocimiento pueden ser impresionantes, sí, pero nada impresiona tanto como el dinero.

jueves, octubre 11, 2007

H.ONOR: La Historia del Bardo (V)

HACE 120 AÑOS…

Si su madre lo hubiera visto recitando frente al espejo, probablemente se hubiera muerto de la impresión. Aisa siempre había odiado todo lo referente a canciones, poemas y baladas, y lo único que nunca le permitió a su hijo fue aprender a tocar un instrumento musical. A menudo, cuando niño, Térestar llegaba a casa hablando del bardo que había visto en la plaza, o de los bailarines del puerto, y le pedía a su madre un laúd, o una zampoña, o incluso una gaita de piel de león marino. Entonces su madre se enfurecía y empezaba a insultar a todos los artistas del mundo. Inútiles, débiles, embaucadores, decía, y otras cosas peores, que terminaban haciendo llorar a su hijo. Pero el llanto duraba poco, y al día siguiente seguramente Aisa traería un hermoso cuchillo con grabados para regalarlo al pequeño, o un estuche con dardos emplumados, o, cuando cumplió los quince, una bella espada corta con incrustaciones.

Al final, Térestar no se convirtió en el guerrero que su madre hubiera querido, pero tampoco tomó el camino de los músicos y los cuentacuentos.

Una vez recitado el conjuro por tercera vez, el mago estuvo seguro de haber logrado la inflexión y la cadencia necesarias, y pasó al asunto de los ingredientes. Los movimientos de desencadenamiento siempre los dejaba para el final, porque eran lo más sencillo de todo. Su herencia élfica, que su madre nunca le había querido revelar pero era igualmente evidente, le había hecho un hombre grácil y equilibrado. Las enseñanzas de su madre le habían mostrado las incongruencias del mundo y la necesidad de estar siempre alerta, y no dejarse sorprender por nada. Pero era otra cosa, algo que no venía de la sangre de su padre ni de las palabras, caricias y golpes de su madre, lo que le había transformado en el mejor hechicero de la zona.

Quienes lo respetaban se referían a él como El Cuervo Blanco; quienes lo envidiaban, se burlaban con motes como El Conejo Que Habla o La Vieja Albina. Su cabello era gris plateado y sus ojos, rosados, una versión diluida del intenso burdeos de los de su madre.

Cuando el hechizo estuvo listo se dedicó a ordenar la habitación. Era un dormitorio inmenso, en el último piso de la torre sur del castillete de su señor. Térestar se cuidó de no llevarse nada con él. Aquellas cosas pertenecían al conde que había contratado sus servicios, y el mago no tenía razones para agraviarlo. Se trataba simplemente de que estaba harto de ser el archimago del condado. Formar parte del consejo, escuchar las peticiones, a veces ridículamente absurdas, de los vasallos y sus señores, y de cualquiera que tuviera un problema, por más pequeño que fuese, y confiara en resolverlo sin esfuerzo gracias a los poderes del mago.

Guardó unas pocas cosas en su bolso de viaje, el mismo con el que había llegado tantos años antes. Otra vez, era hora de partir, visitar nuevas ciudades y conocer a otras personas. Sin pensarlo más, lanzó el conjuro de teleportación y desapareció.

lunes, octubre 08, 2007

H.ONOR: La Historia del Bardo (IV)

HACE 152 AÑOS…

Tres décadas antes, su padre, un bardo itinerante, le había robado la virginidad a su bondadosa y estúpida madre, condenándola a sufrir el desprecio eterno de su familia, deshacerse del hijo indeseado y casarse con un viejo asqueroso y sin orejas.

Pero su abuela, una mujer decente y bondadosa, había tenido la delicadeza de no matar al bebé, y Aisa había partido hacia el este en brazos del guardia preferido de Lady Wilfryn, que se convirtió a todos los efectos en su padre adoptivo, su instructor de esgrima y, al final, su amante.

Pero Cedrik llevaba muerto tres años, y aun en vida Aisa no había sido nunca una pareja demasiado fiel.

Se asomó a la ventana y entró a la habitación del hijo del duque. La esperaba con una botella de vino tinto, de un color similar al de los iris de Aisa, y su cuerpo delgado y musculoso resplandecía a la luz de las velas aromáticas que había encendido. Era el hombre más hermoso que Aisa había visto jamás, un elfo gris de pura sangre, de voz profunda y dedos suaves.

Por un instante, Aisa pensó en dejarlo vivir. Sería una lástima perder para siempre aquel rostro, aquellos ojos de humo, aquellos labios tan dulces… Pero Aisa tenía una reputación que mantener. Le habían pagado bien por matar al heredero del duque Eléderan… Pasar la noche con él era sólo una parte del plan. Una parte deliciosamente placentera.

Fue entonces que Aisa decidió no masticar la hierbasangre. Rodeó el amplio pecho del joven con sus brazos finos y lo amó a la luz de las velas, dejándole derramar su semilla múltiples veces dentro de ella. Luego, antes del amanecer, lo besó en la boca y le clavó un puñal de plata entre las costillas.

Se descolgó por el balcón y se perdió entre las sombras de la ciudad. Al pasar junto a un canal de desagüe, lanzó algo a la corriente. Era la bolsa donde guardaba las hojas de hierbasangre, las raíces de vientreliso, las tripas anudadas y todas aquellas otras cosas que evitaban los embarazos.

Esa noche soñó con el hermoso hijo que tendría.

domingo, octubre 07, 2007

H.ONOR: La Historia del Bardo (III)

HACE 181 AÑOS…

Balder afinó las cuerdas de su laúd y comenzó a cantar. Mientras paseaba entre los mesones y dedicaba unas coplas románticas aquí, una tonada pícara allá y un poema épico más allá, observaba cuidadosamente a las damas y doncellas que habían asistido al banquete de Lord Odferd.

Muchas eran hermosas, y todas eran ricas. Sonrió ante la perspectiva de otra noche junto a un cuerpo tibio de curvas suaves, y dios gracias a los dioses por cuarta vez en la noche, y quincuagésima en toda su vida, por haberlo sacado del monasterio donde su madre lo había abandonado al nacer.

No es que los monjes se hubieran portado mal, no, y sus compañeros de orfandad no habían sido más crueles o molestos de lo normal. Era, sencillamente, que la vida en el monasterio era insufriblemente aburrida. Quince años de aquello habrían sido suficientes para volver loco a cualquiera, y casi lo habían logrado con Balder, que ya era bastante alocado sin necesidad de mayor estímulo. Pero por suerte para él, Revin Semielfo no lo había devuelto a sus tutores cuando lo encontró escondido en la parte trasera de la carreta en que solía transportar sus productos, y una vez llegado a Piedrapuerto su carisma innato le abrió las puertas de muchas casas y le ganó el favor de muchos incautos.

Desde entonces habían pasado más de diez años, en los que Balder había pasado de pelapapas a pinche de cocina, de pinche a ladronzuelo y de allí a saltimbanqui de plaza fuerte, hasta que Günther le enseñó a tocar la flauta y lo convirtió en su pupilo. Luego todo había sido más fácil. Balder tenía una voz privilegiada y un magnífico dominio del laúd, el harpa, el pandero y la cítara, y sus cabellos rojos y sus ojos almendrados eran una curiosidad que lo hacía identificable ante el público.

Balder Pelofuego, lo llamaban las damas. Balder Robaesposas, escupían los hombres. Era el único inconveniente de su profesión. Balder había perdido la cuenta de los hombres que habían jurado degollarlo, estrangularlo, acuchillarlo o, la peor de todas, castrarlo. Así que se cuidaba bastante de quedarse mucho tiempo en el mismo sitio, y nunca visitaba dos veces la misma cama. Pero no era algo que lamentar. A Balder le gustaba viajar.

En medio de una canción sobre las aventuras del Rey Emplumado, Balder cruzó la vista con una joven dama de ojos verdes y vestido azul. La muchacha se sonrojó al instante, y su suerte estuvo echada.