HACE 5 AÑOS…
El hombre se hacía llamar Tyrfell. Calentó unos polvos en un plato de porcelana y se lo pasó bajo la nariz. Reynard se durmió casi en seguida.
Cuando despertó, su ojo había vuelto.
Bien, no era realmente su ojo, pero era un ojo. Había un espejo de plata batida en una mesa, y Reynard se miró en él. El ojo derecho seguía siendo el mismo, un iris rojo moteado sobre un fondo amarillo intenso, y en el medio un pupila sesgada, como las de los gatos.
El ojo izquierdo en cambio era completamente negro. Reynard alzó una mano y trató de tocárselo, y se llevó un susto al sentir un frío vacío en lugar de un globo húmedo y blando. Entendió que la cuenca había sido rellenada con algo parecido al humo. De hecho, si giraba la cabeza con rapidez, pequeñas hilachas de niebla negra dejaban un rastro en el aire, como diminutos tentáculos de sombras surgiendo de las profundidades vaporosas de su cara.
Lo extraño es que pese a todo, veía. No de la misma manera que antes, claro, pero veía.
Agradeció al hechicero y le entregó el resto de las cosas que componían el precio de la operación. Era una pequeña fortuna en especias exóticas, hierbas malolientes, partes de animales escurridizos y el viejo y siempre confiable oro.
Volvió a mirarse al espejo y dijo:
- Creo que de todas formas seguiré utilizando el parche.
HACE 3 AÑOS…
La tecnomagia era genial. Reynard podía pasar horas, días y semanas enteras observando los engranajes, las correas, los fuelles y las esferas llenas de líquidos burbujeantes. Era como si el laboratorio de un mago se hubiese estrellado contra una fundición enana.
Otras personas pensaban que la magia por sí sola era suficiente, o que un buen ingeniero no necesitaba hechizos para construir una hermosa cúpula, pero a Reynard le gustaba todo lo nuevo, mientras más complicado, más interesante.
Pensaba que algún día, cuando fuera demasiado viejo para seguir recorriendo los caminos, cuando sus dedos estuvieran arrugados y marchitos y ya no pudiera tocar el laúd o, peor aún, cuando ya no hubiera más lugares que conocer, se convertiría en tecnomago.
Por el momento, sin embargo, se contentaba con haber co-diseñado el mecanodedo postizo que ahora utilizaba en la mano derecha.
HOY…
Las Increíbles Aventuras de Reynard Redfox El Bardo.
El hombre se hacía llamar Tyrfell. Calentó unos polvos en un plato de porcelana y se lo pasó bajo la nariz. Reynard se durmió casi en seguida.
Cuando despertó, su ojo había vuelto.
Bien, no era realmente su ojo, pero era un ojo. Había un espejo de plata batida en una mesa, y Reynard se miró en él. El ojo derecho seguía siendo el mismo, un iris rojo moteado sobre un fondo amarillo intenso, y en el medio un pupila sesgada, como las de los gatos.
El ojo izquierdo en cambio era completamente negro. Reynard alzó una mano y trató de tocárselo, y se llevó un susto al sentir un frío vacío en lugar de un globo húmedo y blando. Entendió que la cuenca había sido rellenada con algo parecido al humo. De hecho, si giraba la cabeza con rapidez, pequeñas hilachas de niebla negra dejaban un rastro en el aire, como diminutos tentáculos de sombras surgiendo de las profundidades vaporosas de su cara.
Lo extraño es que pese a todo, veía. No de la misma manera que antes, claro, pero veía.
Agradeció al hechicero y le entregó el resto de las cosas que componían el precio de la operación. Era una pequeña fortuna en especias exóticas, hierbas malolientes, partes de animales escurridizos y el viejo y siempre confiable oro.
Volvió a mirarse al espejo y dijo:
- Creo que de todas formas seguiré utilizando el parche.
HACE 3 AÑOS…
La tecnomagia era genial. Reynard podía pasar horas, días y semanas enteras observando los engranajes, las correas, los fuelles y las esferas llenas de líquidos burbujeantes. Era como si el laboratorio de un mago se hubiese estrellado contra una fundición enana.
Otras personas pensaban que la magia por sí sola era suficiente, o que un buen ingeniero no necesitaba hechizos para construir una hermosa cúpula, pero a Reynard le gustaba todo lo nuevo, mientras más complicado, más interesante.
Pensaba que algún día, cuando fuera demasiado viejo para seguir recorriendo los caminos, cuando sus dedos estuvieran arrugados y marchitos y ya no pudiera tocar el laúd o, peor aún, cuando ya no hubiera más lugares que conocer, se convertiría en tecnomago.
Por el momento, sin embargo, se contentaba con haber co-diseñado el mecanodedo postizo que ahora utilizaba en la mano derecha.
HOY…
Las Increíbles Aventuras de Reynard Redfox El Bardo.