viernes, octubre 19, 2007

H.ONOR: La Historia del Bardo (X)

HACE 5 AÑOS…

El hombre se hacía llamar Tyrfell. Calentó unos polvos en un plato de porcelana y se lo pasó bajo la nariz. Reynard se durmió casi en seguida.

Cuando despertó, su ojo había vuelto.

Bien, no era realmente su ojo, pero era un ojo. Había un espejo de plata batida en una mesa, y Reynard se miró en él. El ojo derecho seguía siendo el mismo, un iris rojo moteado sobre un fondo amarillo intenso, y en el medio un pupila sesgada, como las de los gatos.

El ojo izquierdo en cambio era completamente negro. Reynard alzó una mano y trató de tocárselo, y se llevó un susto al sentir un frío vacío en lugar de un globo húmedo y blando. Entendió que la cuenca había sido rellenada con algo parecido al humo. De hecho, si giraba la cabeza con rapidez, pequeñas hilachas de niebla negra dejaban un rastro en el aire, como diminutos tentáculos de sombras surgiendo de las profundidades vaporosas de su cara.

Lo extraño es que pese a todo, veía. No de la misma manera que antes, claro, pero veía.

Agradeció al hechicero y le entregó el resto de las cosas que componían el precio de la operación. Era una pequeña fortuna en especias exóticas, hierbas malolientes, partes de animales escurridizos y el viejo y siempre confiable oro.

Volvió a mirarse al espejo y dijo:

- Creo que de todas formas seguiré utilizando el parche.


HACE 3 AÑOS…

La tecnomagia era genial. Reynard podía pasar horas, días y semanas enteras observando los engranajes, las correas, los fuelles y las esferas llenas de líquidos burbujeantes. Era como si el laboratorio de un mago se hubiese estrellado contra una fundición enana.

Otras personas pensaban que la magia por sí sola era suficiente, o que un buen ingeniero no necesitaba hechizos para construir una hermosa cúpula, pero a Reynard le gustaba todo lo nuevo, mientras más complicado, más interesante.

Pensaba que algún día, cuando fuera demasiado viejo para seguir recorriendo los caminos, cuando sus dedos estuvieran arrugados y marchitos y ya no pudiera tocar el laúd o, peor aún, cuando ya no hubiera más lugares que conocer, se convertiría en tecnomago.

Por el momento, sin embargo, se contentaba con haber co-diseñado el mecanodedo postizo que ahora utilizaba en la mano derecha.


HOY…

Las Increíbles Aventuras de Reynard Redfox El Bardo.

miércoles, octubre 17, 2007

H.ONOR: La Historia del Bardo (IX)

HACE 10 AÑOS…

Reynard miró durante unos segundos hacia el puerto, colgado de la popa del barco, agitando una mano y despidiéndose de sus padres y sus hermanos. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero su boca estaba abierta en una sonrisa, y se carcajeaba sobre el mar lleno de gaviotas y peces plateados.

Una voz lo llamó desde la cubierta. Era hora de empezar a ganarse su sustento…


HACE 8 AÑOS…

Rickard El Viejo le había enseñado a leer y a escribir. Tenía casi setenta años y se estaba quedando ciego, así que el capitán Seagull le había ordenado elegir a alguien de la tripulación y enseñarle a sacar cuentas, leer mapas y llevar los libros del barco. Rickard había elegido a Reynard, lo que demostró ser una buena decisión, porque Reynard El Zorro era un aprendiz rápido y audaz, pero también resultó una mala elección, porque Reynard Saltalaborda era impulsivo e irresponsable.

Apenas llevaba seis horas en tierra cuando encontró a los soldados en la plaza, reclutando hombres para el ejército del duque. Así que sin pensarlo dos veces escribió su nombre y un montón de otras cosas sobre el pergamino.

Estaba en una taberna, tomando unas cervezas y vociferando con sus camaradas de viaje, cuando una pareja de Capas Rojas entraron y le dijeron que tenía que ir con ellos. El golpe que le dio el capitán Seagull no le dolió tanto como la expresión de decepción en el rostro de Rickard.


HACE 6 AÑOS…

La espada se hundió en la barriga del hombre como un atizador caliente en un balde de mantequilla. Reynard no había pensado que fuera tan fácil. Sintió ganas de vomitar y estuvo a punto de desmayarse, pero vio algo por el rabillo del ojo y giró para enfrentarse a otro enemigo.

Dos días después, su batallón por fin había rodeado a los bandoleros, y Reynard había matado a cinco hombres y una mujer en el intertanto.

El último combate fue el peor de todos. Los bandidos estaban desesperados, y todos los animales luchan más fieramente cuando no tienen escapatoria. Los hombres son sólo animales con ropa. Muchos de sus amigos murieron en la batalla, pero Reynard tuvo suerte y sólo perdió un ojo, un dedo y unas cuantas pintas de sangre.

Cuando regresó a la capital tuerto y herido, sus superiores no le pusieron problemas: renunció a su paga y entregó su equipo, y con 17 años de vida fue liberado de su contrato con el duque.

domingo, octubre 14, 2007

H.ONOR: La Historia del Bardo (VIII)

HACE 15 AÑOS…

La Posada de Tom y Anna era una de las más concurridas del puerto. En gran parte se debía a que antes había sido la Posada de Roanna, la madre adoptiva de Tom y natural de Anna, que siempre llenaba las jarras hasta el tope y nunca rechazaba el amor de un marinero fornido y gentil.

Tom era un hombre grande, de hombros tan anchos como dos puertas y manos del tamaño de balas de cañón, así que los problemas no abundaban en su taberna. Pero controlar al buscapleitos ocasional era muy diferente a mantener el orden en su propia casa.

Oh, Anna era una esposa inmejorable, risueña y de atributos blandos y sabrosos, trabajadora y fiel y comprensiva. Y los gemelos Trentor y Fey, a sus tres años, eran una bendición del cielo. Lloraban poco, apenas se enfermaban, y aprendían rápido. Entre los dos no sumaban, ni llegarían a sumar nunca, más de la mitad de las travesuras de Reynard.

Reynard. El único y verdadero problema en la vida de Tom Barrildevino.

Tom lo quería, por supuesto; después de todo, era su primer hijo, y en otro tiempo había soñado con heredarle la posada, tal vez con un establo nuevo o un par de pisos extra. Pero todo eso se había desvanecido con el correr de los años, cuando quedó claro que Reynard era incapaz de prestar atención a una misma cosa por más de dos minutos. Su habilidad para meterse en un entuerto tras otro era abrumadora, sólo aliviada en parte por la rapidez con la que salía de ellos. Sus recursos eran inagotables, pero su curiosidad no tenía límites, y ya en su sexto cumpleaños Tom supo que las paredes de su adorada posada no serían suficientes para su hijo. A los doce, Reynard parecía haber recorrido todos los recovecos del puerto, e incluso varias de las bajocubiertas de los barcos atracados en él.

Los inquietos (e inquietantes) ojos de su hijo estaban hambrientos de horizontes nuevos.

Con un suspiro, Tom pagó al vinatero por las cuatro ánforas rotas y se llevó a Reynard de una oreja. En vez de desperdiciar saliva dándole un sermón, pensó en los gemelos. Trentor le vendería su parte de la herencia a Fey, y compraría un barco e iniciaría un negocio de comercio marítimo; Fey en tanto, llevaría la posada a límites insospechados de fama y riqueza, y con las ganancias compraría un título de nobleza y se convertiría en toda una dama.

Y Reynard lo echaría todo a perder.