viernes, junio 23, 2006

Ne.Me.t: Crónicas de Soren Álicar (parte IV)

Al otro lado de la ventana la nieve cubre las praderas y las copas de los árboles, quemando el césped y las hojas como fuego blanco, ahogando los brotes y convirtiendo los nuevos tallos en muñones negros y encorvados. Las nubes pastan en el cielo como ovejas sucias y gordas, congelando la lluvia en sus estómagos y ocultando el color azul del mediodía. El mundo parece una foto vieja y desgastada, un grabado monocromático desleído y cubierto de polvo. Se parece tanto al paisaje invernal de hace tres meses que Soren tiene que mirar una y otra vez el calendario que cuelga sobre el escritorio y convencerse de que se encuentran a mediados de primavera.

Soren ha visto cosas mucho más extrañas que ésta. Durante los últimos años se ha adentrado en los misterios de Er'rath, como un ladrón escabulléndose sobre la cerca del jardín trasero del mundo, para luego descubrir que no hay nadie en casa, y convertir el lugar en su propia guarida. A su alrededor, la realidad se despliega como el plano de un gran edificio: Soren puede ver las líneas azules extendiéndose en todas direcciones, formando ángulos y dibujando espirales imaginarias sobre su cabeza, trazando el recorrido de los planetas y de las motas de polvo, reordenándose con cada muerte y cada nacimiento. Puede verse a sí mismo como un conjunto de trazos firmes y furiosos borrones. Puede ver las conexiones. Relaciones intangibles de vida frágil, como mariposas de luz revoloteando en las esquinas oscuras del pensamiento.

No sólo hay nieve al otro lado de los cristales transparentes de la ventana. Soren aprecia la blancura al otro lado del espejo, coronando su cabeza como un halo de niebla, como un chorro de leche. Ha pasado mucho tiempo desde aquellos días en que recorría el mundo sin dar un paso, sentado en su despacho de la universidad, inmerso en libros interminables. Días en los que se sentía incompleto, y no sabía muy bien qué estaba buscando. Una época en que escuchaba su propia voz en sueños, en boca de personas que nunca había conocido.

Luego, el despertar. Salir del sueño y entrar en la pesadilla. O tal vez era lo opuesto. Un mundo ordenado y misterioso se había convertido en uno lleno de caos y posibilidades. La democracia de la mente, que otorgaba sentido sólo a aquello que aceptaba la mayoría, había dado paso a una completa anarquía del intelecto. Todo era real, todo era posible.

Soren había dejado de sentirse incompleto para sentirse insatisfecho.

Desde entonces buscaba el esquema profundo de las cosas. El modelo primigenio tras la inacabable confusión de líneas, relaciones y conexiones que poblaba el segundo plano de la existencia. Er'rath era como un libro de cien mil páginas, todas ellas transparentes. Era imposible saber cuáles de ellas estaban escritas, y cuál era su contenido, a menos que Soren las visitara una por una, de principio a fin.

Así que se había transformado en un turista, y había comenzado la ardua tarea de recopilar la información oculta en las hojas invisibles de la realidad, con el propósito final de escribir una especie de Guía Para el Viajero, llena de mapas, advertencias y datos útiles; una Guía que sería gratuita y se encontraría disponible para todos.

Pero Soren amaba el orden, porque un manual desordenado no sería de ninguna ayuda, y sólo un plan de trabajo adecuado permite eludir los resultados fortuitos, o dar vueltas eternamente en el mismo lugar. La ciencia era orden, e incluso el azar era sólo una forma distinta de llamar a la incertidumbre, un principio básico del universo subordinado a la estadística. Así que, si Soren deseaba llegar a algún lado, debía obligarse primero a no abandonar el sendero de la razón o, lo que es lo mismo, su antigua condición de humanidad.

Por tanto, Soren envejecía, como había hecho toda su vida. A los cincuenta años apenas había logrado nada (aunque muchos de los maestros alquimistas, astrónomos medievales, filósofos naturales y eminentes científicos opinarían de manera muy distinta), y cada vez pensaba más en la muerte. La razón y la experiencia no sirven de mucho cuando se medita sobre este tema; las respuestas dan paso a las suposiciones, y ninguna hipótesis puede ser confirmada, o descartada, sin dar el salto definitivo.

Por eso Soren se concentró en uno de sus múltiples proyectos, e inició la construcción de una máquina que le permitiría asomarse a la corriente del tiempo, y tal vez, pescar algo en ella.

Ahora, después de haber hecho su primer intento, después de haber salido con las botas de agua y la caña al hombro, descubría que había estado a punto de ahogarse. Varios hombres habían muerto, y la máquina era un montón de escombros en el fondo de un cráter en el establo. Había perdido años de esfuerzo y equipo valiosísimo, además de un par de horas de las que no recordaba nada en absoluto. A cambio, había ganado una serie de persistentes jaquecas tan frecuentes y periódicas que eran prácticamente una sola jaqueca continua, y que le impedían dormir adecuadamente. En cualquier caso, cada vez que lograba cerrar los ojos y echar una intranquila cabeceada, sus sueños eran invadidos por una figura imprecisa, una sombra borrosa que parecía llamarlo a su lado.

Sin embargo, lo más misterioso de todo aquello era el cilindro.

Por más que lo mirara, Soren no podía ver líneas en el entramado de la realidad que salieran o llegaran al plateado artefacto. El cilindro no parecía estar conectado a nada.

lunes, junio 19, 2006

Ne.Me.t: Crónicas del Vampiro.

Primeras horas en la Gran Ciudad.

Ian y Selena se reagruparon camino a la esquina donde les esperaban suspicaces y preocupados Alton y Samael, se miraron con ojos indescifrables, sin decir una palabra y luego marcharon presurosos por las calles atestadas de gente.

El olor a comida de los pequeños puestos y los restaurantes era intenso, agudizados por el calor que se filtraba desde los pisos subterráneos de la ciudad, ya anochecía. No parecía hacer frío nunca en la ciudad, corrientes de aire caliente y enrarecido eran vomitadas desde los filtros de la llamada ciudad baja –o subterránea- dando la impresión de estar en algún lugar tropical, sin embargo, el hormigón de casi todas las estructuras devolvía el pensamiento a la realidad.

Se detuvieron mientras Selena se introducía en un local de artículos electrónicos y se pusiera a hablar con un hombre bajo y de barba exhibiendo su sonrisa más agraciada. Este parecía un perro al cual le ofrecen un sabroso hueso y dejó que Selena ocupara su teléfono tras una breve conversación. Luego de un rato al fono la muchacha colgó y se despidió con un beso en la mejilla del individuo, que en ese momento sostenía un pequeño motor de algún tipo mientras observaba a la muchacha caminar insinuantemente fuera del local.

“Hombres… la mayoría son unos estúpidos cuando una mujer les trata como una mascotita… Síganme.” – dijo la guapa joven mientras los tres hombres la observaban adelantarse con paso seguro y ciertamente sensual. Selena parecía ser muy dueña de si misma.

Sin embargo, nadie se movió. Por unos instantes se quedaron mirándose inmóviles. Ciertamente si le seguían serían como mascotas siguiendo a su ama a una llamada, un pensamiento nada agradable. Los tres hombres sonrieron y se pusieron en marcha, pues, estaba claro que ninguno de los tres podría ser tratado como una mascota de nadie. Por lo menos eso era lo que firmemente creían.

Así que habían seguido a la joven mujer por calles hasta que empezaron a bajar hasta los pisos inferiores y la ciudad baja, donde el aire estaba tan enrarecido que era un sufrimiento caminar por ciertas calles. Selena los había llevado hasta aquellos lugares buscando un hotel de bajo perfil recomendado por Maya y Albert, unos viejos amigos de Selena en la ciudad. En el camino Ian parecía algo más callado e introspectivo desde su encuentro con el protoángel, mientras que Alton Vatra Valcsea seguía sigiloso y atento.

Selena observaba al Barón, tratando de reparar en los detalles del noble rakio que lo habían hecho enemigo de los creyentes. Aún tenía la mujer en su mente las ordenes que se habían impartido al Escuadrón al que había pertenecido –el equipo especial anti-naturales fénix-. Se les habían asignado varias misiones secundarias y entre ellas estaba capturar o asesinar al barón Vatra Valcsea si se le encontraba. Sin embargo, ahora que ambos estaban del mismo bando quería saber el por qué de esas órdenes y acusaciones. Se preguntaban si eran ciertas o eran tan falsas como las acusaciones que ahora le tildaban a ella. Pero no se atrevía a preguntar al atractivo hombre.

A unos metros de ellos y con el capuchón de un gris polerón sobre su cabeza caminaba Samael Azurblade, como se hacía llamar ahora el viejo Balian Atreus. Aún se sentía raro y asombrado en aquellas enormes ciudades, nunca se había sentido muy cómodo con aquellos estilos de vida modernos. No obstante, algo le decía que si un vampiro decidiera hacer su hogar el mejor lugar sería una ciudad como esta.

Al fin llegaron a un pequeño edificio en una zona donde los hedores de la ciudad baja parecían ser filtrados con mayor eficiencia, la muchacha los condujo ahí y habló con un hombre que parecía estar encargado de la seguridad, pues, tenía cinco o seis monitores en el pequeño cuarto de paredes de gruesas rejas y alambres. Finalmente le dio diez monedas de oro y una pared se abrió y dio paso a un lujoso vestíbulo que sorprendía sobre todo por la limpieza del aire. Todo un lujo.

Selena miró directamente a Vatra Valcea, pues, sabía que Samael había hecho un voto de pobreza recientemente e Ian no parecía tener dinero encima.

Alton entonces se dispuso a la cabeza del grupo seguido por Selena y más atrás por Ian y Samael. El noble pidió una habitación tras un intercambio de palabras con Selena y pagó 45 monedas de oro por 3 semanas de estadía. El encargado –un hombre alto y calvo de lentes- miró unos segundos al grupo y cuando se disponía al parecer a hacer alguna pregunta el Barón lo paró en seco dándole órdenes e instrucciones acerca de la comida, el agua caliente y un cambio de sábanas y frazadas, además de asegurarse que la habitación no estuviera aromatizada por las alergias de un enfermizo compañero. Esto lo dijo observando a un pálido Samael.

“Ya me siento un poco enfermo – dijo el aludido, tosiendo poco convincentemente-, verdaderamente necesito un buen baño y un buen descanso”.

Su actuación dejaba mucho que desear e Ian lo observaba inexpresivamente, mientras que Selena daba la impresión de querer golpear a su compañero. Sin embargo, el encargado no dijo nada y entregó las llaves a Alton que se apresuró a seguir a dos garzones que recogieron diligentemente las maletas tras un llamado del agudo timbre sobre la mesa.

La habitación era amplia, poseían dos ambientes y dos habitaciones con dos pequeños baños, algo poco común en los sectores subterráneos. Sin embargo, algunos ricos que querían pasar desapercibidos iban a los sectores bajos, ya que en las alturas el control y las posibilidades de encontrarse con algún conocido eran mayores. Así podían hacer negocios en la ciudad sin levantar la atención de algún inescrupuloso periodista o espía industrial.

Una habitación tenía dos camas que fueron ocupadas por Ian y Alton, mientras que la habitación más grande era ocupada por Selena. Samael en tanto buscó un lugar amplio alejado de todos donde pudiera meditar y leer el pergamino negro de ls monjes cazadores sin interrupciones.


Ya mañana habría que empezar a planificar la operación, sin embargo, habría que poner sobre la mesa algo primero: que era capaz de hacer cada uno en esta ciudad.