Soren ha visto cosas mucho más extrañas que ésta. Durante los últimos años se ha adentrado en los misterios de Er'rath, como un ladrón escabulléndose sobre la cerca del jardín trasero del mundo, para luego descubrir que no hay nadie en casa, y convertir el lugar en su propia guarida. A su alrededor, la realidad se despliega como el plano de un gran edificio: Soren puede ver las líneas azules extendiéndose en todas direcciones, formando ángulos y dibujando espirales imaginarias sobre su cabeza, trazando el recorrido de los planetas y de las motas de polvo, reordenándose con cada muerte y cada nacimiento. Puede verse a sí mismo como un conjunto de trazos firmes y furiosos borrones. Puede ver las conexiones. Relaciones intangibles de vida frágil, como mariposas de luz revoloteando en las esquinas oscuras del pensamiento.
No sólo hay nieve al otro lado de los cristales transparentes de la ventana. Soren aprecia la blancura al otro lado del espejo, coronando su cabeza como un halo de niebla, como un chorro de leche. Ha pasado mucho tiempo desde aquellos días en que recorría el mundo sin dar un paso, sentado en su despacho de la universidad, inmerso en libros interminables. Días en los que se sentía incompleto, y no sabía muy bien qué estaba buscando. Una época en que escuchaba su propia voz en sueños, en boca de personas que nunca había conocido.
Luego, el despertar. Salir del sueño y entrar en la pesadilla. O tal vez era lo opuesto. Un mundo ordenado y misterioso se había convertido en uno lleno de caos y posibilidades. La democracia de la mente, que otorgaba sentido sólo a aquello que aceptaba la mayoría, había dado paso a una completa anarquía del intelecto. Todo era real, todo era posible.
Soren había dejado de sentirse incompleto para sentirse insatisfecho.
Desde entonces buscaba el esquema profundo de las cosas. El modelo primigenio tras la inacabable confusión de líneas, relaciones y conexiones que poblaba el segundo plano de la existencia. Er'rath era como un libro de cien mil páginas, todas ellas transparentes. Era imposible saber cuáles de ellas estaban escritas, y cuál era su contenido, a menos que Soren las visitara una por una, de principio a fin.
Así que se había transformado en un turista, y había comenzado la ardua tarea de recopilar la información oculta en las hojas invisibles de la realidad, con el propósito final de escribir una especie de Guía Para el Viajero, llena de mapas, advertencias y datos útiles; una Guía que sería gratuita y se encontraría disponible para todos.
Pero Soren amaba el orden, porque un manual desordenado no sería de ninguna ayuda, y sólo un plan de trabajo adecuado permite eludir los resultados fortuitos, o dar vueltas eternamente en el mismo lugar. La ciencia era orden, e incluso el azar era sólo una forma distinta de llamar a la incertidumbre, un principio básico del universo subordinado a la estadística. Así que, si Soren deseaba llegar a algún lado, debía obligarse primero a no abandonar el sendero de la razón o, lo que es lo mismo, su antigua condición de humanidad.
Por tanto, Soren envejecía, como había hecho toda su vida. A los cincuenta años apenas había logrado nada (aunque muchos de los maestros alquimistas, astrónomos medievales, filósofos naturales y eminentes científicos opinarían de manera muy distinta), y cada vez pensaba más en la muerte. La razón y la experiencia no sirven de mucho cuando se medita sobre este tema; las respuestas dan paso a las suposiciones, y ninguna hipótesis puede ser confirmada, o descartada, sin dar el salto definitivo.
Por eso Soren se concentró en uno de sus múltiples proyectos, e inició la construcción de una máquina que le permitiría asomarse a la corriente del tiempo, y tal vez, pescar algo en ella.
Ahora, después de haber hecho su primer intento, después de haber salido con las botas de agua y la caña al hombro, descubría que había estado a punto de ahogarse. Varios hombres habían muerto, y la máquina era un montón de escombros en el fondo de un cráter en el establo. Había perdido años de esfuerzo y equipo valiosísimo, además de un par de horas de las que no recordaba nada en absoluto. A cambio, había ganado una serie de persistentes jaquecas tan frecuentes y periódicas que eran prácticamente una sola jaqueca continua, y que le impedían dormir adecuadamente. En cualquier caso, cada vez que lograba cerrar los ojos y echar una intranquila cabeceada, sus sueños eran invadidos por una figura imprecisa, una sombra borrosa que parecía llamarlo a su lado.
Sin embargo, lo más misterioso de todo aquello era el cilindro.
Por más que lo mirara, Soren no podía ver líneas en el entramado de la realidad que salieran o llegaran al plateado artefacto. El cilindro no parecía estar conectado a nada.