HACE 181 AÑOS…
Balder afinó las cuerdas de su laúd y comenzó a cantar. Mientras paseaba entre los mesones y dedicaba unas coplas románticas aquí, una tonada pícara allá y un poema épico más allá, observaba cuidadosamente a las damas y doncellas que habían asistido al banquete de Lord Odferd.
Muchas eran hermosas, y todas eran ricas. Sonrió ante la perspectiva de otra noche junto a un cuerpo tibio de curvas suaves, y dios gracias a los dioses por cuarta vez en la noche, y quincuagésima en toda su vida, por haberlo sacado del monasterio donde su madre lo había abandonado al nacer.
No es que los monjes se hubieran portado mal, no, y sus compañeros de orfandad no habían sido más crueles o molestos de lo normal. Era, sencillamente, que la vida en el monasterio era insufriblemente aburrida. Quince años de aquello habrían sido suficientes para volver loco a cualquiera, y casi lo habían logrado con Balder, que ya era bastante alocado sin necesidad de mayor estímulo. Pero por suerte para él, Revin Semielfo no lo había devuelto a sus tutores cuando lo encontró escondido en la parte trasera de la carreta en que solía transportar sus productos, y una vez llegado a Piedrapuerto su carisma innato le abrió las puertas de muchas casas y le ganó el favor de muchos incautos.
Desde entonces habían pasado más de diez años, en los que Balder había pasado de pelapapas a pinche de cocina, de pinche a ladronzuelo y de allí a saltimbanqui de plaza fuerte, hasta que Günther le enseñó a tocar la flauta y lo convirtió en su pupilo. Luego todo había sido más fácil. Balder tenía una voz privilegiada y un magnífico dominio del laúd, el harpa, el pandero y la cítara, y sus cabellos rojos y sus ojos almendrados eran una curiosidad que lo hacía identificable ante el público.
Balder Pelofuego, lo llamaban las damas. Balder Robaesposas, escupían los hombres. Era el único inconveniente de su profesión. Balder había perdido la cuenta de los hombres que habían jurado degollarlo, estrangularlo, acuchillarlo o, la peor de todas, castrarlo. Así que se cuidaba bastante de quedarse mucho tiempo en el mismo sitio, y nunca visitaba dos veces la misma cama. Pero no era algo que lamentar. A Balder le gustaba viajar.
En medio de una canción sobre las aventuras del Rey Emplumado, Balder cruzó la vista con una joven dama de ojos verdes y vestido azul. La muchacha se sonrojó al instante, y su suerte estuvo echada.
Balder afinó las cuerdas de su laúd y comenzó a cantar. Mientras paseaba entre los mesones y dedicaba unas coplas románticas aquí, una tonada pícara allá y un poema épico más allá, observaba cuidadosamente a las damas y doncellas que habían asistido al banquete de Lord Odferd.
Muchas eran hermosas, y todas eran ricas. Sonrió ante la perspectiva de otra noche junto a un cuerpo tibio de curvas suaves, y dios gracias a los dioses por cuarta vez en la noche, y quincuagésima en toda su vida, por haberlo sacado del monasterio donde su madre lo había abandonado al nacer.
No es que los monjes se hubieran portado mal, no, y sus compañeros de orfandad no habían sido más crueles o molestos de lo normal. Era, sencillamente, que la vida en el monasterio era insufriblemente aburrida. Quince años de aquello habrían sido suficientes para volver loco a cualquiera, y casi lo habían logrado con Balder, que ya era bastante alocado sin necesidad de mayor estímulo. Pero por suerte para él, Revin Semielfo no lo había devuelto a sus tutores cuando lo encontró escondido en la parte trasera de la carreta en que solía transportar sus productos, y una vez llegado a Piedrapuerto su carisma innato le abrió las puertas de muchas casas y le ganó el favor de muchos incautos.
Desde entonces habían pasado más de diez años, en los que Balder había pasado de pelapapas a pinche de cocina, de pinche a ladronzuelo y de allí a saltimbanqui de plaza fuerte, hasta que Günther le enseñó a tocar la flauta y lo convirtió en su pupilo. Luego todo había sido más fácil. Balder tenía una voz privilegiada y un magnífico dominio del laúd, el harpa, el pandero y la cítara, y sus cabellos rojos y sus ojos almendrados eran una curiosidad que lo hacía identificable ante el público.
Balder Pelofuego, lo llamaban las damas. Balder Robaesposas, escupían los hombres. Era el único inconveniente de su profesión. Balder había perdido la cuenta de los hombres que habían jurado degollarlo, estrangularlo, acuchillarlo o, la peor de todas, castrarlo. Así que se cuidaba bastante de quedarse mucho tiempo en el mismo sitio, y nunca visitaba dos veces la misma cama. Pero no era algo que lamentar. A Balder le gustaba viajar.
En medio de una canción sobre las aventuras del Rey Emplumado, Balder cruzó la vista con una joven dama de ojos verdes y vestido azul. La muchacha se sonrojó al instante, y su suerte estuvo echada.
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