Colina abajo.
El verano era cálido y un poco húmedo, decenas de mariposas tetraladas flotaban junto al tenue viento, al igual que otros muchos insectos que pululaban en las colinas al oeste de Theed, la capital de Naboo. El lugar era hermoso y agradable, las flores estivales crecían en tonos lilas o blancos en algunos árboles y en algunas enredaderas que trepaban por la corteza de dos grandes robles traídos de algún lejano lugar de la galaxia.
En medio de todo aquel lugar desentonaban dos niños vestidos con ropas holgadas. Los infantes, un niño de pelo castaño claro y una niña rubia, ambos de unos 10 años, estaban vestidos de blanco y permanecían extrañamente sentados sobre el pasto mientras miraban muy concentrados un par de rocas del porte de sus pequeños puños flotar frente a ellos. Por un segundo uno miraba de reojo al otro y parecía poner más y más empeño ante el éxito de su compañero.
De pronto una piedra cayó y luego la de su compañera.
“¡Te he vencido Kaleb!” – grito la niña a pesar del cansancio, lanzándose hacia atrás y quedando tendida en el pasto, pero con una evidente satisfacción en su rostro empapado por el sudor.
“¿Y de qué te ha servido vencerme Mila? No hemos cumplido lo que el maestro nos ordenó –dijo el niño algo contrariado y con voz entrecortada por el agotamiento-. Recuerda que debíamos mantener en el aire las rocas por lo menos 5 minutos.
“¡¡Pero eso es imposible!! –la niña lo miró un tanto molesta -, apenas aguanto un minuto o dos cuando estoy muy concentrada ¿cómo iba a aguantar cinco minutos?”.
“No lo sé, pero creo que la idea del maestro era que lo lográramos de alguna forma que aún no comprendo” –dio el niño encogiéndose de hombros.
Los dos muchachos se miraron intensamente maquinando algo que decir al maestro. A sus cortos 10 y 9 años ya eran expertos en inventar historias y pequeñas mentirillas, sin embargo, ya no tenían tiempo, un hombre de barba y cabellos rubios vestido con las túnicas verde-azuladas jedi le miraba con el ceño fruncido.
“Bueno, no han durado mucho – dijo el maestro, mostrándose algo indiferente-. Ahora ¿díganme en que han fallado?”.
“En nada –dijo la muchacha-. Me es imposible aún con mi entrenamiento levitar un objeto más allá de 2 minutos. He hecho lo que he podido maestro”
El jedi miró con aire reprobador a la niña de rubios cabellos y luego al muchacho esperando una explicación.
“No lo sé maestro – dijo el niño-, tal vez si me hubiera esforzado más y concentrado con mayor ahínco en mantener la roca en el aire en lugar de competir con Mila lo hubiera logrado. Pero no lo creo”.
“Veamos mis queridos pupilos –dijo el hombre, concentrándose en sus alumnos-, mi orden fue: Ustedes dos, mantened estas rocas en el aire por 5 minutos, tienen libertad de elegir el método. Ahora ¿se figuran como lo pueden hacer?”
Los dos críos se miraron, esperando encontrar la respuesta en la mirada del otro. Sin embargo, sus bocas no se abrieron, excepto para alguna frase gutural que moría casi al segundo.
“Cooperación –sentenció el maestro-. Si ustedes hubieran trabajado en conjunto, relevándose cada cierto tiempo y ocupando la técnica de curación para revitalizar sus cuerpos tal vez lo hubieran logrado. Esto no es una competencia para saber quién es el mejor, porque no es así, y la mayoría de las veces no gana siempre el que vence, es necesario ser derrotado a veces para obtener algo que va más allá del simple objeto de la victoria, y que casi siempre es algo más importante que la simple satisfacción de saberse vencedor –les miró duramente y luego sentenció-. Si creen que esto es una competencia entre los dos para saber quien hace esto o aquello tendré que llamar a otro maestro para que se encargue del entrenamiento de uno de Ustedes”.
“¡No maestro! –repitieron los niños al unísono.
Estaban asustados, a pesar de que a veces peleaban y se disgustaban el uno con el otro, Mila y Kaleb habían comenzado a entrenar juntos a los 4 años y se sentían prácticamente como hermanos.
“¿Por qué temen la lejanía de sus cuerpos físicos? – Preguntó el maestro- todos estamos conectados a través de la Fuerza, así que no estamos solos o alejados de aquellos a quienes amamos. Pero debemos saber hasta que punto abrazar los sentimientos y las aprehensiones de cada cual. Vuestro apego es saludable y sirve para vuestras vidas sólo mientras no genere miedos y frustraciones. La vida de aquellos que somos tocados por la fuerza debe ser la de un acróbata en la cuerda floja. Nunca debemos dejar que el peso de los sentimientos o de nuestras creencias nos haga perder el equilibrio y nos conduzcan al fondo. Sólo en la pureza del instinto, que es el estado en que estamos libres de emociones y conocimientos, podremos escuchar la Fuerza”.
Los pequeños lo miraban intensamente. Quizás no comprendían aún todo aquello que el maestro quería decirles, pero si habían figurado una cosa y se hicieron escuchar.
“Maestro –dijo la niña, que tenía más personalidad a su corta edad-, dejaré de competir y me concentraré más en lograr las tareas. Pero no me separe de usted”.
“A mi tampoco –respondió el niño-, la verdad es que quiero ser un buen jedi algún día y creo que es Usted uno de los mejores maestros que me pueda imaginar”.
“¡El mejor!” –aseguró la niña. Mientras el niño le miraba con aire insultado, estaban a punto de caer en una batalla de infantiles descalificaciones cuando notaron los ojos de su instructor sobre ellos.
“Bueno, maestro… nos vamos a llevar mejor…”-aseveró la niña.
“Claro… trabajaremos como equipo” –aseguró el muchacho.
El maestro les miró largamente. Y luego se limitó a apuntar a la cima de la colina.
“Trotad hasta la cima y volved 5 veces, el que venza podrá encargarse del lavado de nuestro speeder y el que pierda le apoyará cantando mientras dura toda la labor. Comenzad a trabajar en equipo”.
Los muchachos le miraron y resoplaron antes de empezar a correr hasta la cima, sin mucho ánimo de vencer, pero a mitad de camino ya conversaban y discutían quien cantaba mejor de los dos.
El maestro los miró desde lejos. Eran buenos muchachos y serían buenos jedi si lograba pulir un poco más sus temperamentos y enseñarles de manera adecuada los principios de la antigua orden jedi.
Levantó las 2 piedras con sus manos y avistó a los niños correr ya más cerca de la cumbre. Se dijo así mismo que existía otra forma de hacer que las piedras flotaran en el aire por más tiempo. Arrojó al aire, a gran altura, ambas rocas, mientras desenfundaba un sable de luz con cada mano. Las piedras cayeron y cuando llegaron a la altura de su vista un par de rápidos movimientos con los sables destruyeron por completo ambas rocas, haciéndolas polvo que flotaba con el viento.
El lado oscuro parece más fácil, se dijo así mismo Anatta. Sin embargo, ahora con que entrenarán mis pupilos, y me pregunto ¿qué otras maravillas hubieran podido realizar con aquellas piedras? Al final el polvo caerá al suelo, inevitablemente, se mezclará con la tierra y luego será otra cosa. Algo nuevo. Sin embargo, no podrá ser levantado como una piedra, ni será útil como tal.
Siguió reflexionado mientras observaba a Kaleb llegar a la cumbre de la colina con los brazos en alto en señal de triunfo, mientras que le secundaba por poco Mila quien no perdía tiempo y apenas alcanzó la cima bajaba rápidamente, adelantándose a su compañero, quién corría ahora tras ella.
Ahora, nosotros los jedi debemos saber si deseamos conservar lo que tenemos y hacerlo prosperar o convertir en polvo aquello que nos parece incorrecto, transformando lo que existía en algo nuevo, maleable. Lo último le pareció algo que debía meditar. Se preguntó ¿un jedi debía adaptarse a los tiempos para no perecer bajo el peso de los cambios? ¿Un jedi debía ser un pilar que no cediera ante los cambios?, ¿un jedi debía ser como la hierba que se dobla junto al viento? o ¿como el agua que se adapta y con el tiempo transforma?
Todo eso, y más, un más experimentado Anatta maduró en su mente, mientras observaba a sus dos padawan que corrían alegres colina abajo.
PD: Esto ocurre unos 8 años después del encuentro final entre los Héroes y el espíritu oscuro de Darth Demontre, ocurrido en Munnilinst y antes que Anatta tomara al padawan de Galen –su antiguo maestro, muerto de manera natural en esa época- el humano Nadin Yukel.