Me gusta ser un rolero.
La gente muchas veces se pregunta cómo alguien puede dedicar tanto tiempo a una cosa que no parece producir ningún beneficio. Generalmente los padres miran con una mezcla de horror e incertidumbre cómo sus hijos pasan horas leyendo manuales y revistas llenos de extraños términos como "categoría de armadura", "puntos de vida" o "alineamiento". A nadie le parece raro que un atleta dedique 14 horas al día a entrenar sólo para conseguir saltar un milímetro más alto o llegar medio segundo antes a la meta. El mundo elogia a los escritores y los músicos como si fueran más importantes que los agricultores y los maestros. Si la gente está tan dispuesta a aceptar que lo mejor de la vida es el disfrutarla y compartirla con otros, ya sea a través del deporte, el arte o el trabajo, ¿por qué les resulta tan difícil entender que existamos quienes hemos hecho del rol una forma de vida?
No soy un bicho raro. A los capitalistas que creen que si no se produce no se vale, les digo que, al igual que el 99% del resto de los jugadores de rol, estoy trabajando en las últimas etapas de una carrera profesional. No me agrada, pero lo hago, ¿vale? A quienes juran a ojos cerrados que los roleros somos psicóticos y freaks incapaces de diferenciar realidad de ficción les digo que amo a mis padres y a mi novia, que me gustan los gatos, que sé que las películas son películas, y no por eso me gustan menos, y que en mi casa también lavo la loza. El hecho de que crea que el mundo podría ser mejor no me convierte en un desadaptado, ¿no? No soy yo el que arroja aviones contra edificios, ni el que bombardea países llenos de niños hambrientos, ni el que hace estallar coches en las calles de Bilbao o Bogotá. Acepto que tengo parte en todo esto, como todos los que estáis leyendo ahora, y creo que los que nos llamáis locos podríais preocuparos más de llamar la atención sobre esos otros problemas.
No soy anormal, pese a que dudo mucho que alguien pueda autodenominarse normal. ¿O no son raros aquellos sujetos que se dedican año tras año a escalar montañas de 8000 metros de altura sólo para sacarse una foto en lo alto? ¿Y los que miman a su automóvil como si fuera un hijo? ¿Y los que pasan el día mirando el canal privado de Operación Triunfo? ¿Y los que comen arroz sentados en cojines (son más de 1000 millones)? Pues ya está, dejadnos ser. Los roleros somos personas, todos distintos pero todos con una pasión común.
Algunos hemos llorado por la muerte de un personaje ficticio al que queríamos mucho (tal vez un día os cuente el triste final de Squall, mi querido Squall); pero estoy seguro de que el 90% de las mujeres lloraron con "El Paciente Inglés", y todos nos asustamos con "Alien" aunque estábamos completamente seguros de que era una película de ciencia ficción y no un monstruo de verdad.
Algunos hacemos de los dados poderosos amuletos. Los pintamos, los elegimos cuidadosamente antes de lanzarlos, nos concentramos en obtener un buen número; pero eso no significa que estemos locos, la superstición es parte de la naturaleza humana. Tú puedes creer en Jesucristo, el Buda, Thor o Manwe, lo importante es que creas en algo y dejes creer al resto.
Hay quienes se reúnen un domingo por la tarde a ver el futbol y a beber cerveza. ¿Qué tiene de malo entonces que mis amigos y yo nos juntemos el viernes por la noche a cenar arroz con huevos y jugar AD&D? ¿Acaso a todos nos tiene que gustar el Real Madrid, o ir a la discoteca? Un amigo mío quiere que cuando muera lo entierren con su pañuelo de scout y su bolsita de dados. Genial.
Yo soy rolero. Le dedico horas y días enteros al rol, leyendo, creando, soñando... (apuesto a que los roleros mantenemos a nuestras neuronas en perfecto estado físico). Hace años que trato de imaginar cómo hubiera sido mi vida sin el rol.
No lo he logrado.
Y eso significa algo, ¿no?
La gente muchas veces se pregunta cómo alguien puede dedicar tanto tiempo a una cosa que no parece producir ningún beneficio. Generalmente los padres miran con una mezcla de horror e incertidumbre cómo sus hijos pasan horas leyendo manuales y revistas llenos de extraños términos como "categoría de armadura", "puntos de vida" o "alineamiento". A nadie le parece raro que un atleta dedique 14 horas al día a entrenar sólo para conseguir saltar un milímetro más alto o llegar medio segundo antes a la meta. El mundo elogia a los escritores y los músicos como si fueran más importantes que los agricultores y los maestros. Si la gente está tan dispuesta a aceptar que lo mejor de la vida es el disfrutarla y compartirla con otros, ya sea a través del deporte, el arte o el trabajo, ¿por qué les resulta tan difícil entender que existamos quienes hemos hecho del rol una forma de vida?
No soy un bicho raro. A los capitalistas que creen que si no se produce no se vale, les digo que, al igual que el 99% del resto de los jugadores de rol, estoy trabajando en las últimas etapas de una carrera profesional. No me agrada, pero lo hago, ¿vale? A quienes juran a ojos cerrados que los roleros somos psicóticos y freaks incapaces de diferenciar realidad de ficción les digo que amo a mis padres y a mi novia, que me gustan los gatos, que sé que las películas son películas, y no por eso me gustan menos, y que en mi casa también lavo la loza. El hecho de que crea que el mundo podría ser mejor no me convierte en un desadaptado, ¿no? No soy yo el que arroja aviones contra edificios, ni el que bombardea países llenos de niños hambrientos, ni el que hace estallar coches en las calles de Bilbao o Bogotá. Acepto que tengo parte en todo esto, como todos los que estáis leyendo ahora, y creo que los que nos llamáis locos podríais preocuparos más de llamar la atención sobre esos otros problemas.
No soy anormal, pese a que dudo mucho que alguien pueda autodenominarse normal. ¿O no son raros aquellos sujetos que se dedican año tras año a escalar montañas de 8000 metros de altura sólo para sacarse una foto en lo alto? ¿Y los que miman a su automóvil como si fuera un hijo? ¿Y los que pasan el día mirando el canal privado de Operación Triunfo? ¿Y los que comen arroz sentados en cojines (son más de 1000 millones)? Pues ya está, dejadnos ser. Los roleros somos personas, todos distintos pero todos con una pasión común.
Algunos hemos llorado por la muerte de un personaje ficticio al que queríamos mucho (tal vez un día os cuente el triste final de Squall, mi querido Squall); pero estoy seguro de que el 90% de las mujeres lloraron con "El Paciente Inglés", y todos nos asustamos con "Alien" aunque estábamos completamente seguros de que era una película de ciencia ficción y no un monstruo de verdad.
Algunos hacemos de los dados poderosos amuletos. Los pintamos, los elegimos cuidadosamente antes de lanzarlos, nos concentramos en obtener un buen número; pero eso no significa que estemos locos, la superstición es parte de la naturaleza humana. Tú puedes creer en Jesucristo, el Buda, Thor o Manwe, lo importante es que creas en algo y dejes creer al resto.
Hay quienes se reúnen un domingo por la tarde a ver el futbol y a beber cerveza. ¿Qué tiene de malo entonces que mis amigos y yo nos juntemos el viernes por la noche a cenar arroz con huevos y jugar AD&D? ¿Acaso a todos nos tiene que gustar el Real Madrid, o ir a la discoteca? Un amigo mío quiere que cuando muera lo entierren con su pañuelo de scout y su bolsita de dados. Genial.
Yo soy rolero. Le dedico horas y días enteros al rol, leyendo, creando, soñando... (apuesto a que los roleros mantenemos a nuestras neuronas en perfecto estado físico). Hace años que trato de imaginar cómo hubiera sido mi vida sin el rol.
No lo he logrado.
Y eso significa algo, ¿no?
«Live and let die»
Guayec
Guayec

* Escrito hace unos cinco o seis años, en el tercer peak de mi vida rolera (hasta el momento, yo diría que ha habido cuatro peaks roleros en mi vida: época Cissar/Borraska, época Kardis/Squall, época Ithildin y época Star Wars/NeMeT).