HACE 120 AÑOS…
Si su madre lo hubiera visto recitando frente al espejo, probablemente se hubiera muerto de la impresión. Aisa siempre había odiado todo lo referente a canciones, poemas y baladas, y lo único que nunca le permitió a su hijo fue aprender a tocar un instrumento musical. A menudo, cuando niño, Térestar llegaba a casa hablando del bardo que había visto en la plaza, o de los bailarines del puerto, y le pedía a su madre un laúd, o una zampoña, o incluso una gaita de piel de león marino. Entonces su madre se enfurecía y empezaba a insultar a todos los artistas del mundo. Inútiles, débiles, embaucadores, decía, y otras cosas peores, que terminaban haciendo llorar a su hijo. Pero el llanto duraba poco, y al día siguiente seguramente Aisa traería un hermoso cuchillo con grabados para regalarlo al pequeño, o un estuche con dardos emplumados, o, cuando cumplió los quince, una bella espada corta con incrustaciones.
Al final, Térestar no se convirtió en el guerrero que su madre hubiera querido, pero tampoco tomó el camino de los músicos y los cuentacuentos.
Una vez recitado el conjuro por tercera vez, el mago estuvo seguro de haber logrado la inflexión y la cadencia necesarias, y pasó al asunto de los ingredientes. Los movimientos de desencadenamiento siempre los dejaba para el final, porque eran lo más sencillo de todo. Su herencia élfica, que su madre nunca le había querido revelar pero era igualmente evidente, le había hecho un hombre grácil y equilibrado. Las enseñanzas de su madre le habían mostrado las incongruencias del mundo y la necesidad de estar siempre alerta, y no dejarse sorprender por nada. Pero era otra cosa, algo que no venía de la sangre de su padre ni de las palabras, caricias y golpes de su madre, lo que le había transformado en el mejor hechicero de la zona.
Quienes lo respetaban se referían a él como El Cuervo Blanco; quienes lo envidiaban, se burlaban con motes como El Conejo Que Habla o La Vieja Albina. Su cabello era gris plateado y sus ojos, rosados, una versión diluida del intenso burdeos de los de su madre.
Cuando el hechizo estuvo listo se dedicó a ordenar la habitación. Era un dormitorio inmenso, en el último piso de la torre sur del castillete de su señor. Térestar se cuidó de no llevarse nada con él. Aquellas cosas pertenecían al conde que había contratado sus servicios, y el mago no tenía razones para agraviarlo. Se trataba simplemente de que estaba harto de ser el archimago del condado. Formar parte del consejo, escuchar las peticiones, a veces ridículamente absurdas, de los vasallos y sus señores, y de cualquiera que tuviera un problema, por más pequeño que fuese, y confiara en resolverlo sin esfuerzo gracias a los poderes del mago.
Guardó unas pocas cosas en su bolso de viaje, el mismo con el que había llegado tantos años antes. Otra vez, era hora de partir, visitar nuevas ciudades y conocer a otras personas. Sin pensarlo más, lanzó el conjuro de teleportación y desapareció.
Si su madre lo hubiera visto recitando frente al espejo, probablemente se hubiera muerto de la impresión. Aisa siempre había odiado todo lo referente a canciones, poemas y baladas, y lo único que nunca le permitió a su hijo fue aprender a tocar un instrumento musical. A menudo, cuando niño, Térestar llegaba a casa hablando del bardo que había visto en la plaza, o de los bailarines del puerto, y le pedía a su madre un laúd, o una zampoña, o incluso una gaita de piel de león marino. Entonces su madre se enfurecía y empezaba a insultar a todos los artistas del mundo. Inútiles, débiles, embaucadores, decía, y otras cosas peores, que terminaban haciendo llorar a su hijo. Pero el llanto duraba poco, y al día siguiente seguramente Aisa traería un hermoso cuchillo con grabados para regalarlo al pequeño, o un estuche con dardos emplumados, o, cuando cumplió los quince, una bella espada corta con incrustaciones.
Al final, Térestar no se convirtió en el guerrero que su madre hubiera querido, pero tampoco tomó el camino de los músicos y los cuentacuentos.
Una vez recitado el conjuro por tercera vez, el mago estuvo seguro de haber logrado la inflexión y la cadencia necesarias, y pasó al asunto de los ingredientes. Los movimientos de desencadenamiento siempre los dejaba para el final, porque eran lo más sencillo de todo. Su herencia élfica, que su madre nunca le había querido revelar pero era igualmente evidente, le había hecho un hombre grácil y equilibrado. Las enseñanzas de su madre le habían mostrado las incongruencias del mundo y la necesidad de estar siempre alerta, y no dejarse sorprender por nada. Pero era otra cosa, algo que no venía de la sangre de su padre ni de las palabras, caricias y golpes de su madre, lo que le había transformado en el mejor hechicero de la zona.
Quienes lo respetaban se referían a él como El Cuervo Blanco; quienes lo envidiaban, se burlaban con motes como El Conejo Que Habla o La Vieja Albina. Su cabello era gris plateado y sus ojos, rosados, una versión diluida del intenso burdeos de los de su madre.
Cuando el hechizo estuvo listo se dedicó a ordenar la habitación. Era un dormitorio inmenso, en el último piso de la torre sur del castillete de su señor. Térestar se cuidó de no llevarse nada con él. Aquellas cosas pertenecían al conde que había contratado sus servicios, y el mago no tenía razones para agraviarlo. Se trataba simplemente de que estaba harto de ser el archimago del condado. Formar parte del consejo, escuchar las peticiones, a veces ridículamente absurdas, de los vasallos y sus señores, y de cualquiera que tuviera un problema, por más pequeño que fuese, y confiara en resolverlo sin esfuerzo gracias a los poderes del mago.
Guardó unas pocas cosas en su bolso de viaje, el mismo con el que había llegado tantos años antes. Otra vez, era hora de partir, visitar nuevas ciudades y conocer a otras personas. Sin pensarlo más, lanzó el conjuro de teleportación y desapareció.
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