domingo, octubre 14, 2007

H.ONOR: La Historia del Bardo (VIII)

HACE 15 AÑOS…

La Posada de Tom y Anna era una de las más concurridas del puerto. En gran parte se debía a que antes había sido la Posada de Roanna, la madre adoptiva de Tom y natural de Anna, que siempre llenaba las jarras hasta el tope y nunca rechazaba el amor de un marinero fornido y gentil.

Tom era un hombre grande, de hombros tan anchos como dos puertas y manos del tamaño de balas de cañón, así que los problemas no abundaban en su taberna. Pero controlar al buscapleitos ocasional era muy diferente a mantener el orden en su propia casa.

Oh, Anna era una esposa inmejorable, risueña y de atributos blandos y sabrosos, trabajadora y fiel y comprensiva. Y los gemelos Trentor y Fey, a sus tres años, eran una bendición del cielo. Lloraban poco, apenas se enfermaban, y aprendían rápido. Entre los dos no sumaban, ni llegarían a sumar nunca, más de la mitad de las travesuras de Reynard.

Reynard. El único y verdadero problema en la vida de Tom Barrildevino.

Tom lo quería, por supuesto; después de todo, era su primer hijo, y en otro tiempo había soñado con heredarle la posada, tal vez con un establo nuevo o un par de pisos extra. Pero todo eso se había desvanecido con el correr de los años, cuando quedó claro que Reynard era incapaz de prestar atención a una misma cosa por más de dos minutos. Su habilidad para meterse en un entuerto tras otro era abrumadora, sólo aliviada en parte por la rapidez con la que salía de ellos. Sus recursos eran inagotables, pero su curiosidad no tenía límites, y ya en su sexto cumpleaños Tom supo que las paredes de su adorada posada no serían suficientes para su hijo. A los doce, Reynard parecía haber recorrido todos los recovecos del puerto, e incluso varias de las bajocubiertas de los barcos atracados en él.

Los inquietos (e inquietantes) ojos de su hijo estaban hambrientos de horizontes nuevos.

Con un suspiro, Tom pagó al vinatero por las cuatro ánforas rotas y se llevó a Reynard de una oreja. En vez de desperdiciar saliva dándole un sermón, pensó en los gemelos. Trentor le vendería su parte de la herencia a Fey, y compraría un barco e iniciaría un negocio de comercio marítimo; Fey en tanto, llevaría la posada a límites insospechados de fama y riqueza, y con las ganancias compraría un título de nobleza y se convertiría en toda una dama.

Y Reynard lo echaría todo a perder.

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