viernes, octubre 05, 2007

H.ONOR: La Historia del Bardo (I)

HACE 236 AÑOS…

Por fin había reunido todos los ingredientes, y justo a tiempo, además. La noche siguiente sería luna nueva, y habría más posibilidades de atraer a un espíritu poderoso. Naga aceptaría al primero que se presentara, de todas formas. No podía arriesgarse a perder una oportunidad tan valiosa… no a sus casi cuarenta años y después de haber cambiado a su carnero por un odre de leche de gigante y un puñado de pelo de pez. Si la invocación fracasaba, Naga no sólo habría perdido un carnero, y una olla de hierro negro, y seis velas de cera de abeja y otras muchas cosas, sino que moriría sin haber dado a luz un hijo, y su alma se convertiría en piedra, y sería demasiado pesada para trepar la luz de la luna y hacerse estrella.

Mientras colocaba cada ingrediente en su lugar alrededor del círculo de cenizas de sauce, Naga pensaba en su juventud, cuando era hermosa y grácil y cualquier hombre la hubiera tomado sin pensarlo dos veces. Pero había sido la menor de tres hijas, y sus padres la habían vendido a una bruja ambulante a cambio de semillas y algunos conjuros. Sus mejores años los había pasado como aprendiz de hechicera, lejos del amor de los hombres y las risas de los niños, y su belleza se había desperdiciado.

Había rezado muchas veces entonces, a los dioses de arriba y los de abajo, para que se llevaran a su maestra y la dejaran libre, y los dioses la habían escuchado.

Naga dejó de machacar el muérdago y se tocó la cara, recordando el día en que había sido liberada del yugo de la vieja harpía. Ella misma había puesto el azufre en los huevos de serpiente, grano a grano con una espina hueca de pavo real, y los había mezclado con los huevos de lagarto a escondidas.

La primera explosión había matado a Rega, y si Naga no se hubiera acercado a ver el cadáver, todo habría terminado allí. Pero se acercó, llena de odio y de satisfacción, y la segunda explosión le quemó las manos, el pecho, la cara…

Incluso en la penumbra de su choza, Naga se cubrió la cabeza con la capucha, ocultando su rostro desfigurado y sus mechones de pelo quebradizo. Ningún hombre la haría suya nunca. Más de diez años habían pasado, y ninguno lo había hecho. Los que venían compraban hechizos y pócimas y se iban raudos. Las jovencitas se demoraban más, aunque sólo fuera para burlarse, y nunca, nunca traían a sus pequeños hijos, rosados y blandos y de ojos grandes como el cielo.

Naga podía sentir la urgencia en su vientre, el llamado de la naturaleza que pone crías en la barriga de las madres, que llena los pechos hasta que la leche gotea como la nieve en primavera. Naga quería un hijo más que nada en el mundo.

Una sonrisa afloró a sus labios y continuó preparando la invocación.

Ningún hombre la haría suya nunca. Pero tal vez un demonio…

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