Seguimos (y seguiremos) esforzándonos por mantener al rol en nuestras vidas. Éste es Krull, semiorco druida nivel 6 creado en 20 minutos (y dibujado en otros tantos) para una sesión de socorro mastereada por David en una visita flash a Valdivia. No sé qué será del guerrero de Morris o el necromante de Zúñiga, pero yo pretendo volver a jugar con este PJ.
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La Historia de Krull. Primera Parte.
Llegaron al amanecer.
Las almas de los muertos aún colgaban de las ramas de los árboles como jirones de niebla, y de la playa llegaba el murmullo somnoliento del mar, filtrado por el follaje espeso y brillante de la jungla. Las gaviotas aún dormían, y en la aldea sólo las mujeres más viejas habían abierto los ojos y revolvían las brasas en las hogueras, echaban raíces de dulzona al agua o amasaban las tortillas del desayuno.
Kyra era joven. Todavía era una niña, pero su vientre ya había sangrado dos veces, y sería una mujer en menos de quince días. Casi no había podido dormir aquella noche, igual que las anteriores, de tan ansiosa que estaba por conocer a su novio. Vendría de Isla Estrella antes de la siguiente luna nueva, y entonces se casarían en su bote. Los hombres de la aldea le habían dicho que era más grande que cualquiera de los botes de Isla Verde, y que incluso tenía dos velas. La familia de Volo, su prometido, era gente-seca, que vivía muchas lunas en dirección hacia el sol de la tarde, pero Volo era un gran marino y tenía casi media docena de pesqueros repartidos por todo el archipiélago. Kyra había oído que hasta tenía un barco, un gigantesco cascarón de madera con mástiles altos como palmeras negras y velas de colores imposibles.
A la gente-seca le encantaban los colores imposibles. Su padre le había traído un vestido para la boda. Volo se lo había entregado en Isla Estrella, en su casa de piedra que tenía una fuente propia. Tenía tantos colores que Kyra no podía nombrarlos todos. Azul y naranja, rosado y verde, turquesa y púrpura. Era como un atardecer de tela. Kyra sólo se lo había puesto una vez, para que lo vieran los de la aldea. Todos la habían felicitado y habían bailado y reído mucho, excepto Kol, su hermana pequeña. Kol no quería que Kyra se casara y se fuera a Isla Estrella a vivir en una casa de piedra. Se había portado mal y le había ensuciado el vestido con ceniza y carbón, y entonces todo había sido llanto y gritos y peleas.
Kyra estaba lavando el vestido en el arroyo cuando escuchó los gritos.
Rokk Pielarena era el más joven de la tribu. Era el hijo del hermano del jefe, y ésta incursión era su bautizo de sangre. Ya había sido bautizado por el hierro y el mar, pero aún no había matado a nadie. Los otros lo azuzaban desde la maleza con gruñidos y susurros para que entrara en la choza y matara al primer hombre; luego todos podrían compartir el festejo y masacrar y saquear la aldea entera.
Rokk se deslizó bajo las cortinas de conchas y piedrecillas y entró en la oscuridad de la cabaña. Sus ojos amarillos se acostumbraron pronto a la penumbra y localizaron a la pareja que dormía sobre un colchón de hojas de palma. El olor de la sal y el pescado seco se mezclaba con el del sudor y el almizcle. Había una cuna de mimbre en un rincón, y algo blando y pequeño que se agitaba en su interior.
El orco dio dos pasos y levantó la cimitarra lo más que pudo, con la intención de cortar la cabeza del hombre de un solo tajo. El techo de la cabaña era bajo y frágil. El ruido y algunas ramitas que cayeron sobre su rostro despertaron a la mujer antes de que la hoja de acero bajara del todo, y Rokk se confundió y no supo a quién golpear primero. Desvió el golpe en el último momento y la espada cercenó el antebrazo de la mujer antes de clavarse en el pecho del hombre. Rokk rogó a los dioses hambrientos que evitaran que la mujer se desangrara demasiado rápido, y se apresuró a descargar otro golpe sobre la cara del aldeano, para asegurarse de que su primera víctima era un macho. Hubiera sido un deshonor que su primera muerte fuera una hembra.
Sin embargo hubo suerte, y la mujer seguía gritando de dolor cuando su marido ya había expirado. Rokk salió de la choza con la cabeza destrozada del hombre en la mano, y aulló hacia los matorrales. De inmediato surgió una pequeña horda de orcos de piel bronceada cubierta de cicatrices rituales, y comenzó el pillaje. Rokk regresó a la cabaña un instante, y con dos golpes descuidados acabó con la mujer. El bebé lloraba desconsolado, pero su padre le había dicho que no debía matar a ningún niño, porque si no un día se acabarían los hombres y no habría aldeas que saquear. Luego salió, ya convertido en un hombre de verdad, a reunirse con sus camaradas.
Kol tenía cinco años. No pudo hacer nada más que mirar mientras los monstruos de piel roja mataban a todos. Podía llorar y moquear, pero si gritaba demasiado le daban un puñetazo o una patada. Una vez incluso se colgó de la pierna de uno de los piratas para que no le cortara la cabeza a su madre, pero el hombre rojo la arrojó contra un árbol y se dio tan fuerte en la cabeza que se quedó dormida.
Cuando despertó su madre ya no tenía cabeza, y había un montón de gente muerta y las chozas estaban ardiendo.
Kol vio a Kyra llegar corriendo y quiso ir con ella, pero un par de monstruos la cogieron antes y la llevaron a rastras al centro de la aldea. Allí la tiraron sobre una pila de cadáveres y se fueron acostando encima de ella, uno tras otro. Se parecía a lo que hacían su padre y su madre por las noches, pero en vez de gemidos sólo se oían los gruñidos de los monstruos y los gritos de su hermana. El primero fue el más pequeño de todos. Era delgado y de brazos largos, como un mono, y los demás le daban palmadas en la espalda y lo felicitaban. Se había colgado la cabeza de Yorko en el cinto, y la sangre manchaba las piernas blancas de Kyra y su lindo vestido de colores.
Kol recordó lo que había hecho la noche antes, cuando llenó de ceniza el vestido de novia de su hermana, y le dio tanta pena que se puso a llorar de nuevo. Pero luego se dio cuenta de que no había dejado de llorar nunca. Lo miraba todo como si fuera un sueño o no le importara, pero las lágrimas le mojaban la cara y los mocos se le metían en la boca sin darse cuenta.
Miró a su alrededor y vio que estaba rodeada de niños. Todos los demás estaban muertos. Kyra era la mayor, pero Kol estaba casi segura de que los monstruos la matarían antes de irse. Los matarían a todos. Tal vez nunca se irían.
Pero después de un rato, cuando a Kyra se le habían acabado los gritos y sólo miraba hacia el cielo sin decir nada, después de que todos los hombres rojos se le hubieron puesto encima, se marcharon entre risas y rugidos, con las cabezas de sus padres y madres y amigos y abuelos colgadas de sus cintos. Entonces todos los niños se acercaron a Kyra, y ella se puso a llorar, y todos lloraron.
Menos las gaviotas, que bajaron del cielo a comerse a los muertos.
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La Historia de Krull. Primera Parte.
Llegaron al amanecer.
Las almas de los muertos aún colgaban de las ramas de los árboles como jirones de niebla, y de la playa llegaba el murmullo somnoliento del mar, filtrado por el follaje espeso y brillante de la jungla. Las gaviotas aún dormían, y en la aldea sólo las mujeres más viejas habían abierto los ojos y revolvían las brasas en las hogueras, echaban raíces de dulzona al agua o amasaban las tortillas del desayuno.
Kyra era joven. Todavía era una niña, pero su vientre ya había sangrado dos veces, y sería una mujer en menos de quince días. Casi no había podido dormir aquella noche, igual que las anteriores, de tan ansiosa que estaba por conocer a su novio. Vendría de Isla Estrella antes de la siguiente luna nueva, y entonces se casarían en su bote. Los hombres de la aldea le habían dicho que era más grande que cualquiera de los botes de Isla Verde, y que incluso tenía dos velas. La familia de Volo, su prometido, era gente-seca, que vivía muchas lunas en dirección hacia el sol de la tarde, pero Volo era un gran marino y tenía casi media docena de pesqueros repartidos por todo el archipiélago. Kyra había oído que hasta tenía un barco, un gigantesco cascarón de madera con mástiles altos como palmeras negras y velas de colores imposibles.
A la gente-seca le encantaban los colores imposibles. Su padre le había traído un vestido para la boda. Volo se lo había entregado en Isla Estrella, en su casa de piedra que tenía una fuente propia. Tenía tantos colores que Kyra no podía nombrarlos todos. Azul y naranja, rosado y verde, turquesa y púrpura. Era como un atardecer de tela. Kyra sólo se lo había puesto una vez, para que lo vieran los de la aldea. Todos la habían felicitado y habían bailado y reído mucho, excepto Kol, su hermana pequeña. Kol no quería que Kyra se casara y se fuera a Isla Estrella a vivir en una casa de piedra. Se había portado mal y le había ensuciado el vestido con ceniza y carbón, y entonces todo había sido llanto y gritos y peleas.
Kyra estaba lavando el vestido en el arroyo cuando escuchó los gritos.
Rokk Pielarena era el más joven de la tribu. Era el hijo del hermano del jefe, y ésta incursión era su bautizo de sangre. Ya había sido bautizado por el hierro y el mar, pero aún no había matado a nadie. Los otros lo azuzaban desde la maleza con gruñidos y susurros para que entrara en la choza y matara al primer hombre; luego todos podrían compartir el festejo y masacrar y saquear la aldea entera.
Rokk se deslizó bajo las cortinas de conchas y piedrecillas y entró en la oscuridad de la cabaña. Sus ojos amarillos se acostumbraron pronto a la penumbra y localizaron a la pareja que dormía sobre un colchón de hojas de palma. El olor de la sal y el pescado seco se mezclaba con el del sudor y el almizcle. Había una cuna de mimbre en un rincón, y algo blando y pequeño que se agitaba en su interior.
El orco dio dos pasos y levantó la cimitarra lo más que pudo, con la intención de cortar la cabeza del hombre de un solo tajo. El techo de la cabaña era bajo y frágil. El ruido y algunas ramitas que cayeron sobre su rostro despertaron a la mujer antes de que la hoja de acero bajara del todo, y Rokk se confundió y no supo a quién golpear primero. Desvió el golpe en el último momento y la espada cercenó el antebrazo de la mujer antes de clavarse en el pecho del hombre. Rokk rogó a los dioses hambrientos que evitaran que la mujer se desangrara demasiado rápido, y se apresuró a descargar otro golpe sobre la cara del aldeano, para asegurarse de que su primera víctima era un macho. Hubiera sido un deshonor que su primera muerte fuera una hembra.
Sin embargo hubo suerte, y la mujer seguía gritando de dolor cuando su marido ya había expirado. Rokk salió de la choza con la cabeza destrozada del hombre en la mano, y aulló hacia los matorrales. De inmediato surgió una pequeña horda de orcos de piel bronceada cubierta de cicatrices rituales, y comenzó el pillaje. Rokk regresó a la cabaña un instante, y con dos golpes descuidados acabó con la mujer. El bebé lloraba desconsolado, pero su padre le había dicho que no debía matar a ningún niño, porque si no un día se acabarían los hombres y no habría aldeas que saquear. Luego salió, ya convertido en un hombre de verdad, a reunirse con sus camaradas.
Kol tenía cinco años. No pudo hacer nada más que mirar mientras los monstruos de piel roja mataban a todos. Podía llorar y moquear, pero si gritaba demasiado le daban un puñetazo o una patada. Una vez incluso se colgó de la pierna de uno de los piratas para que no le cortara la cabeza a su madre, pero el hombre rojo la arrojó contra un árbol y se dio tan fuerte en la cabeza que se quedó dormida.
Cuando despertó su madre ya no tenía cabeza, y había un montón de gente muerta y las chozas estaban ardiendo.
Kol vio a Kyra llegar corriendo y quiso ir con ella, pero un par de monstruos la cogieron antes y la llevaron a rastras al centro de la aldea. Allí la tiraron sobre una pila de cadáveres y se fueron acostando encima de ella, uno tras otro. Se parecía a lo que hacían su padre y su madre por las noches, pero en vez de gemidos sólo se oían los gruñidos de los monstruos y los gritos de su hermana. El primero fue el más pequeño de todos. Era delgado y de brazos largos, como un mono, y los demás le daban palmadas en la espalda y lo felicitaban. Se había colgado la cabeza de Yorko en el cinto, y la sangre manchaba las piernas blancas de Kyra y su lindo vestido de colores.
Kol recordó lo que había hecho la noche antes, cuando llenó de ceniza el vestido de novia de su hermana, y le dio tanta pena que se puso a llorar de nuevo. Pero luego se dio cuenta de que no había dejado de llorar nunca. Lo miraba todo como si fuera un sueño o no le importara, pero las lágrimas le mojaban la cara y los mocos se le metían en la boca sin darse cuenta.
Miró a su alrededor y vio que estaba rodeada de niños. Todos los demás estaban muertos. Kyra era la mayor, pero Kol estaba casi segura de que los monstruos la matarían antes de irse. Los matarían a todos. Tal vez nunca se irían.
Pero después de un rato, cuando a Kyra se le habían acabado los gritos y sólo miraba hacia el cielo sin decir nada, después de que todos los hombres rojos se le hubieron puesto encima, se marcharon entre risas y rugidos, con las cabezas de sus padres y madres y amigos y abuelos colgadas de sus cintos. Entonces todos los niños se acercaron a Kyra, y ella se puso a llorar, y todos lloraron.
Menos las gaviotas, que bajaron del cielo a comerse a los muertos.
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