viernes, julio 07, 2006

NeMeT: Crónicas de Soren Álicar (Parte VI)

Fue como arrancar un árbol de raíz.
El sueño había ido chupando la savia de Soren, sorbiendo su esencia desde las puntas radiculares de su mente y dejando sólo un tronco hueco y quebradizo sobre la superficie. En un mundo onírico del revés, la tierra extraía el floema del vegetal, que en lugar de crecer y estallar en hojas verdes iridiscentes, se convertía en un espectro raquítico y negruzco, una espinosa y huesuda burla botánica.
Ahora, una mujer encerrada en un monasterio a cinco mil kilómetros de distancia tiraba de las manos de Soren como si fueran las ramas de un roble hundiéndose en arenas movedizas. En el fondo del pantano, algo aguardaba, algo que era un millón de veces más viejo y hambriento que el más antiguo y grande de los hornos enanos ocultos en los intestinos de Er'rath.
Soren sintió que los hombros se le dislocaban. Vio sus muñecas convertirse en delgados hilos de carne estrangulada y sintió que algo respiraba contra la planta de sus pies. Un vapor caliente, el aliento de lo desconocido. Una nube de dulzona pestilencia que lo atraía como el perfume pútrido de las plantas carnívoras. Con sólo un ligero pensamiento, Soren podría soltar las manos de la mujer y dejarse atrapar por el tenebroso secreto que esperaba en las profundidades. Como una mosca estúpida y curiosa, podría adentrarse en la urna entomófaga y disectar los misterios del mundo mientras era disuelto por el ácido pegajoso de la verdad.
Pero entonces miró hacia abajo y tuvo miedo, un miedo terrible y animal. Porque lo que lo esperaba en el fondo del abismo era algo absolutamente alienígena, abrumadoramente distinto en forma, color y pensamiento a cualquier criatura que alguna vez hubiese visto o soñado, y atreverse a dedicarle más de unos segundos de atención a aquel horror causaría sin duda alguna ceguera, locura o estupidez, cosas que Soren temía más que cualquier otra enfermedad o tortura.
Soren tuvo un miedo terrible al enfrentarse por primera vez con algo tan avasalladoramente fuera de lugar, tan incomprensible y absurdo, tan antinatural, que trepó como una ardilla por los brazos extendidos de la diosa de los sueños, y con el impulso de su propia desesperación y el empujón arenoso de la dama Judith saltó hacia su cuerpo dormido, tembloroso y cubierto de sudor.

Entonces un chasquido llamó su atención, y Soren abrió los ojos demasiado rápido, con la imagen del monstruo todavía grabada en sus retinas, y vio ante sí dos ojos negros y profundos como las minas enanas de Barbunkel, y una luz distante que bullía en su interior como la vanguardia de un río de lava hirviente. Oyó un murmullo diabólico y un juramento, como un hechizo maligno destinado a romper su corazón, y dejó que su miedo y su rabia tomaran el control y lo salvaran una vez más.
Alzó las manos como un escudo y dijo FUEGO, y una ola de llamas rojas y blancas decoró la habitación con guirnaldas doradas, lenguas amarillas y zarcillos anaranjados. Los ojos negros de su enemigo se convirtieron en tubos de metal burbujeante; los murmullos se transformaron en un grito corto e inhumano; y una antorcha con la figura de un hombre salió corriendo por la puerta, dejando pedazos de fuego pegados a las paredes, para arrojarse a la noche nevada y morir con un siseo bajo volutas de humo y vapor.
Sólo entonces, al bajar las manos ampolladas y sentarse en la cama, Soren identificó aquel mojón de madera y plomo como la escopeta de su fiel sirviente, y entendió que había matado a Josué, y que la casa se incendiaba, y que la gente del pueblo llegaría pronto con cubos, armas y preguntas. Muchas preguntas.

Media hora más tarde, el mago recorría nuevamente los caminos del enrejado que circundaba Er'rath.

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