sábado, julio 29, 2006

Ithildin: hace mucho tiempo...

El caballo de Raundil corría más veloz que el viento en aquella noche oscura en las llanuras de Sammara, en algún lugar perdido veinte leguas al sur de la ciudad amurallada de Glâren. Veinte leguas al sur del único reducto libre de orcos en la región.
El majestuoso animal asemejaba una poderosa locomotora negra, los grandes ollares soltando vapor y los cascos brillantes y manchados con sangre reluciendo bajo la mortecina luz mágica de Fairelind, la hermosa espada bastarda del montaraz que lo montaba. La piel de obsidiana lanzaba destellos de sudor que bailaban sobre la musculatura tensa del meara, pero el noble corcel, pese a los kilómetros que se acumulaban bajo sus patas como fuertes raíces de ébano, no demostraba cansancio.
No ocurría lo mismo con el hombre que cabalgaba sobre su lomo, la espada empuñada en la mano derecha y las riendas sujetas firmemente con la izquierda. La capucha de su manto había caído hacia atrás dejando al descubierto el pelo oscuro y desordenado, los rasgos cortantes pero hermosos, la barba incipiente y los fríos ojos grises, y la capa verde parecía una estela de sombras esmeraldas a su espalda.
En su pecho, una herida reciente causada por la infecta espada de un orco se volvió a abrir y comenzó a sangrar, pero Raundil, también llamado Voronwë en la lengua de los celebel, no cedió a la fatiga ni a la desesperanza. Una mujer y una niña estaban en peligro, y él haría todo lo posible para enfrentar y derrotar al desconocido hechicero que las amenazaba.
Pero eso ocurría delante, a más de un centenar de metros.
Detrás habían quedado los cuerpos decapitados de dos orcos y los despojos sanguinolentos de sus cabalgaduras, dos inmensos lobos cuyas fauces destilaban maldad y terror. Los huargos eran temibles enemigos, y Raundil ya había observado días atrás lo que los colmillos amarillos y hediondos a muerte de aquellas criaturas podían hacer con los cuartos traseros de un caballo de guerra.
Miró hacia atrás y vió acercarse la arcana luz que Morchaint, el mago semielfo, había lanzado sobre una de las flechas de Calensul, señal de que la batalla en la retaguardia había finalizado. Tan veloz como el ataque del martín pescador Raundil pasó al lado del cuerpo muerto de un orco, y poco después vio entre la maleza a su derecha los restos humeantes de alguien a quien muy a su pesar identificó como Cain, el amigable hobbit. Adelante se escuchaba el gruñir pérfido de las bestias lobunas que quedaban.
Raundil hizo acelerar aún más al caballo, si eso era posible, y poco a poco consiguió ponerse a la espalda de uno de los dos humanos que el grupo identificara como aliados de los orcos. Sin pensarlo un momento soltó las riendas y se afirmó a los flancos del meara con sus fuertes muslos, para empuñar a Fairelind con ambas manos y lanzar una estocada demoledora.
El enemigo no estaba sorprendido: desenfundó su cimitarra con un gesto tan grácil como inesperado y se dispuso a parar el ataque del montaraz. No lo logró. Sin embargo, la espada bastarda que Heledir El Alto regalase al humano no sirvió de nada cuando su hoja dorada chocó contra la protección mágica del malévolo jinete.
Raundil sufrió el desconcierto unos instantes, pues poco o nada sabía de magia, pero puesto que ni la dama en peligro ni el peligroso hechicero estaban allí, adelantó a los dos huargos y continuó su camino sin preocuparse de ser abatido por la espalda, pues ya las certeras flechas de Calensul silvaban en el aire y causaban estragos entre sus enemigos, y el grito de batalla de Adalgard, su buen amigo Adalgard, se hacía más y más fuerte.
Así, Raundil se desentendió de esa batalla y cabalgó al borde del desmayo exigiéndose tanto a sí mismo como al caballo, y por unos instantes no hubo nada más que el cielo tupido de nubes, la gris marea de las llanuras y el atronador sonido de los cascos de su montura. Pero entonces el olor de la podredumbre llegó hasta él desde más allá de las sombras que tenía al frente, y el jadeo demoníaco del más grande de los huargos, una bestia que sobrepasaba el tamaño de su propio corcel, golpeó sus oídos con malicia.
¡Allí estaba! Allí estaba el hechicero, envuelto en una túnica negra como los abismos del tiempo, montado a espaldas de un monstruo que era todo pelo, garras y dientes. Cabalgaba a menos de dos metros de la dama Lossë, que se aferraba con fuerza a su hermano Sornoluin y apretaba contra su pecho a su recién nacida hija. El hechicero levantó una mano y comenzó a murmurar algo, unas palabras sucias y guturales que se mezclaban en el aire como los tentáculos de un demonio hambriento entorno a las putrefactas zarzas de un pantano…
Raundil no sabía de magia. Sólo sabía que su amigo Morchaint necesitaba quietud y tranquilidad para conjurar, y que no debía ser distraído mientras casteaba. El montaraz pensó en la protección del otro humano, que había desestimado su ataque como la piedra desestima el golpe de un bastón. Así que Raundil atacó al huargo.
¡Clinc!
Pese al cansancio y la tensión, Raundil contuvo la respiración. Le había dado, estaba seguro de ello. Un golpe tan fuerte como podía darlo, y aún así no había sucedido nada. Como cuando atacó al otro, allá atrás, quién sabe hacía cuantos kilómetros… Pensó que al menos el sonido de su fracaso desviaría la atención del mago.
Y así fue.
El hechicero giró la cabeza, sus rasgos ocultos bajo las sombras de su capucha, pero pese a no poder verlo Raundil estuvo seguro de que sonreía malévolamente. Luego, como a cámara lenta, el enemigo alzó una mano con un dedo apuntando hacia él… No, no era un dedo, era demasiado largo para ser un dedo. Parecía más bien una var…
¡Boom!

Nunca se me han dado bien las onomatopeyas, pero ese "Boom" significa "Golpe de Rayo de 5d6 de daño". Mi personaje sufrió 20 puntos de daño (más de la mitad para un guardabosques de nivel 4) y cayó del caballo. Se volvió a subir inmediatamente, pero si no llega a ser por la oportuna llegada de una tropa de guardias de Glâren que buscaban a la dama y fueron alertados por las luces de cuatro relámpagos seguidos (uno para el hobbit, otro para el mago Morchaint, otro para Calensul y otro para mí), la cosa habría sido muy distinta.
Yo (y todos en mi grupo de rol) siempre he despreciado los objetos mágicos que "se acaban", como las pociones (excepto las de curación) y los objetos con cargas. Sin embargo, el puto mago nos hizo arar el suelo con su varita. ¡Y para colmo el DM nos dijo que le quedó una carga, así que puede recargarla!
Ah, y también fue sorpresa lo del Piel de Piedra en el lobo. Creo que Zúñiga (el Máster) fue el primero de nuestro grupo en usar de esa manera el viejo conjuro de protección.
Fue una gran campaña, y lo descrito arriba ocurrió en una de las primeras sesiones. La campaña de Ithildin se prolongó por más de dos años, corriendo en paralelo con las películas de LOTR de Peter Jackson.

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