jueves, abril 27, 2006

Nemet: Crónicas del Vampiro.

Fragmento primero: Albores de la No Vida.


No recuerdo bien mi pasado, mi nombre es un misterio incluso para mi mismo. Apenas reconozco mi propio ser tras los miles de años de sueño inmortal. Como si mis memorias me hubieran sido arrebatadas -al igual que lo que me hacía divino- por Isamu Máscara de Lágrimas antes de su partida más allá de este mundo sellado.

Pero dudo que aquel dios se interesara por su oscuro homúnculo, a quien dejó a su propia suerte. Y el cual sobrevivió, hasta llegar a esta extraña época.

Recuerdo que era invierno e iba junto a un grupo pequeño, no más de cuatro o cinco personas –no recuerdo bien, esos detalles son vagos en mi rancia mente. La travesía se hizo peligrosa sobre la nieve y el viento gélido, sobrevivíamos a duras penas con las pocas reservas de comida y los peligros de ese invierno. Poco a poco la desesperación ganaba un trozo de nuestro espíritu, especialmente cuando el alimento escaseaba y tuvimos que comer la carne de un hombre muerto que encontramos en la nieve y luego a uno de nuestros propios camaradas de caminata.

Pensé en que no lograríamos pasar una noche más y que el invierno se quedaría con nuestros cálidos cuerpos; sin embargo, cuando toda esperanza estaba perdida y reposar en medio del frío y la tormenta para esperar nuestra muerte era todo lo que teníamos en este mundo Él nos encontró.

Nos recogieron y nos cargaron sin que nosotros nos opusiéramos, ya no teníamos fuerza para combatir ni plantear resistencia. Sólo nos dejamos arropar y tiritando sentimos como éramos transportados durante días por las montañas. Más tarde me enteraría que los sobrevivientes habíamos sido sólo dos: Soliana la semielfa y Satnaupanea el elfo –yo mismo.

Desperté en su castillo, una gigantesca mole de piedra fabulosamente firme y antigua, con un entorno inhóspito y silencioso. Un viejo baluarte alejado del mundo, donde una impresión umbrosa y omnipresente llenaba las esquinas y los recovecos de cada pasillo y habitación, como si la mácula viva del mundo se extendiera desde el corazón de la fortaleza y ocultaran los caminos a los vivos. Pero la sombra podía ser una proyección de mi corazón me dije y me negué a ver la verdad tras el retorno de mi salud y mi fuerza.

Mi anfitrión era un hombre imponente, un elfo en realidad, sin embargo su mera presencia bastaba para imponer el silencio o dar la pauta a la siguiente conversación. Nos recibió con muchos lujos y honores, preocupándose de nuestra pronta recuperación e interesándose ciertamente por nuestras personas. Al parecer cierta fama me había alcanzado al Oscuro Continente del Este, especialmente una vez destruido el todopoderoso demonio llamado Dar’Morsu. Aunque poco se sabía que yo mismo había muerto en aquel duelo y revivido posteriormente por mi dios Elinad y transportado al corrupto Este desnudo, en mitad del invierno y tan sólo con mi espada.

Soliana y yo aceptamos la hospitalidad de nuestro señor Simth Arvanaith, dueño del castillo y sus alrededores, y nos quedamos en aquel lugar por largo tiempo. Así que los paseos eran largos por los alrededores y la relación con Soliana se estrecho más allá de mis íntimos pensamientos, así que empecé a pasar no sólo los días si no las noches con la semielfa.

El señor Simth a la vez se mostró como un fiel vasallo de Elinad –al igual que yo-, así que pronto trabamos cierto respeto y amistad, como la de un veterano guerrero con un muchacho inexperto. Está más decir que yo era el joven inexperto.

Nuestro anfitrión me invitó a conocer a más camaradas y a visitar lugares lejanos donde la impronta de los dioses se hacía más fuerte. Entonces me habló del secreto de su naturaleza, de su don oscuro y su esencia vampírica… y de otras cosas que no recuerdo. Conversaciones que se han perdido en el tiempo de mi mente.

Los días que siguieron fueron de reflexión y cambio, tanto por la revelación de Simth como por la cruenta guerra que se avecinaba en el mundo. Un conflicto que decantaría que fuerza dominaría la realidad por los siguientes siglos y que dioses se alzarían con la victoria y cuales caerían en el olvido o la muerte.

Fue en esos días -y bajo el temor que las fuerzas absolutas del bien y el mal acabaron venciendo- en los que me uní al Ejército de la Hermandad Gris, y acepté el ofrecimiento de Simth Arvanaith -incluso después de la revelación de Soliana que mi hijo crecía en su vientre- de ser parte de su estirpe.

Entonces determiné convertirme en un no muerto, un vampiro de la casta del poderoso Simth Arvanaith. Solo así creía que favorecería a mi causa y sobreviviría la guerra contra los mismos dioses.

La noche de mi transformación le pregunté por enésima vez a Soliana si ella estaba de acuerdo, sin embargo, ella seguía con la intención de no intervenir en mis decisiones. La acaricié y la abracé mientras nos recostábamos en nuestro lecho por largo tiempo hasta que un criado de rostro inmutable tocó a nuestra habitación.

Ya era hora.

Caminé por los pasillos siguiendo la sombra del criado mientras en mi imaginación miles de ideas cruzaban el espacio de mi mente. Parecía hacer más frío que nunca y mi corazón latía muy fuerte a cada paso que daba. Las sombras se extendían por el castillo y los espacios que atravesaba parecían estar mudos. De pronto salimos hacia un gran patio donde el Señor Simth me esperaba, una serie de antorchas rodeaban una extensión del patio donde había columnas de piedra antiquísimas y un pequeño altar de roca gris y desgastada. Seguimos hacia el altar donde el amo del castillo aguardaba plantado sombrío como una umbría estatua, en aquel momento reparé en la presencia de más de una docena de doncellas, muchachas vestidas de blanco y miradas extraviadas que tiritaban por el frío nocturno.

Me pregunté que harían aquellas mujeres en aquel lugar y cómo habían llegado aquí y de dónde, pero muchas otras preguntas reemplazaban a las anteriores en la breve distancia hasta el altar. El criado se retiró y seguí directamente hasta donde mi anfitrión que vestía una túnica negra con bordados de plata. El me preguntó si estaba seguro, si estaba preparado para abrazar la muerte… Yo, ingenuo, dije que si. Entonces se acercó y le ofrecí mi cuello mientras cerraba mis ojos y esperaba que todo terminara pronto. Pero nada es como uno espera en los caminos del mundo…

Sentí el dolor de los colmillos en mi carne, enterrándose vehementemente en mi cuello hasta alcanzar mi vena, con la aflicción llegó el reconocimiento de la ignorancia a lo que me enfrentaba y el conocimiento de hacia donde me conducía este sendero. Luego aquel dolor se empezó a mezclar con el placer de la liberación, mientras mi vida era succionada y se apagaba átomo a átomo. Sin embargo, una parte de mi luchó y se resistió, tal vez era mi alma o mi cuerpo que se resistían al cambio, a la anormal transformación que se avecinaba… o simplemente era el espíritu resistiéndose a la muerte.

Cuando la última gota de sangre fue alejada de mi cuerpo y el postrero hálito vital se disipaba y, por último, la muerte me arropaba con su inescrutable manto sentí una gran paz. Quería dejarme arrastrar por esa sensación de serenidad y armonía, por aquel olvido que nos arrebata la conciencia y el conocimiento de nuestra infamia. No obstante, y de manera profana, la poderosa llamada de la antigua sangre maculada en mi boca me despertó a la no vida y junto a esa existencia despertó conmigo también la insaciable sed, la innegable necesidad de sangre y el frenesí del demonio interior.

Más de una docena de doncellas lograron calmar mi sed y mientras le desgarraba el cuello con mis colmillos a una de aquellas inocentes criaturas descubrí que no estábamos solos, desde lo alto del castillo Soliana había visto el horror de mi transformación y de mi nuevo estado.

A pesar de todo –del remordimiento, de la tristeza y la vergüenza- no pude dejar de beber de aquellas mujeres hasta que me sentí saciado y la bestia íntima se alejó.

Mi maestro me ayudó y acompañó en mis primeros pasos como vampiro, algo que descubrí poco a poco y con la guía de Simth Arvanaith, el primer vampiro. Así también un infinito número de caminos y poderes se abrían en mi mente inmortal.

Más tarde cuando retorné a través de un castillo que mostraba muchas menos sombras de las que había apreciado a la habitación que compartía con Soliana, la encontré en la cama, despierta a pesar que parecía dormir. Había estado llorando y yo me acerqué para consolarla. Fue entonces que olí y leí en sus ojos el miedo. Sólo entonces me di cuenta de la magnitud y las implicancias de mi decisión. Un momento de duda en el que desperté a la realidad de nuestra trágica existencia, y de nuestra eterna ignorancia.

Entonces -a pesar de mis propios temores, de los oscuros designios y vicisitudes- la consolé, la abracé fuertemente a ella y a nuestro hijo. Sin embargo, yo sabía que no sólo lo hacía por el consuelo o la tristeza… mi gélido cuerpo anhelaba el calor de su cuerpo.

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